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lunes, 15 de julio de 2013

A mí nadie me enseñó a ser pasivo


Para los que anden perdidos, ser pasivo es ser penetrado analmente durante el sexo entre hombres. Usualmente cuando alguien dice ser homosexual, gay o bisexual, el impacto que genera la noticia es producto de que se nos ha acostumbrado a imaginar inmediatamente al individuo teniendo sexo. Humoristas como Tony Esbelt, varios sketch del Club de la Comedia y otros de su clase presentan una imagen tristemente popularizada del homosexual hipersexuado, que sólo puede pensar en ser penetrado o en conseguir la mayor cantidad de penes posibles, y que ha renunciado al género masculino. Es por esto que en el imaginario de muchas personas el homosexual es una persona que tiene inevitablemente una dicotomía “hombre-mujer” dentro de su existencia, alguien que es sinónimo de sexo y cuya vida amorosa o aspecto emocional se ve completamente opacado por el ejercicio de su sexualidad. 

La imagen del hombre penetrado es violenta: muchos la encuentran asquerosa, supone un hombre que renuncia a su masculinidad para ser accedido como una mujer. Algunos lo hacen siempre, dejan de usar su pene y sienten el placer por el ano-próstata-recto; otros, como yo, lo hacemos ocasionalmente, alternando entre el rol activo y pasivo. Como sea, dentro del mismo mundo homosexual hay bromas en torno al que ejerce el rol pasivo en la relación, y para muchas personas, el penetrador es “más hombre” que el penetrado. Los roles de género se trastocan, pero cuando me penetran yo sigo siendo hombre, sigo teniendo pene ¿Qué nos ha llevado a pensar que un mecanismo de placer que se encuentra naturalmente en los hombres, no debe ser usado, o que es una afrenta al sexo masculino? ¿Qué nos causa tanto horror?

La verdad es que es la mala educación. Todos tenemos ano, todos los hombres tenemos próstata, por tanto todos podemos disfrutar, de una u otra forma, del sexo anal (por razones de espacio no me referiré en esta columna a las mujeres, pero les dedicaré su columna en otro momento). Hoy en Chile la educación sexual es inexistente, el Estado reniega de su deber de educar en el uso y cuidado del cuerpo, por tanto a nadie se le dice que según el Informe Kinsey, el estudio sobre la sexualidad masculina más grande y acabado jamás hecho, muchos más hombres de los que pensamos, pueden verse eróticamente atraídos y estimulados por personas de su mismo sexo, o que el juego anal puede ser parte de rituales sexuales perfectamente heterosexuales. De hecho, todo lo que sabemos sobre sexo no-reproductivo, lo sabemos por el porno, por lo que le pasó al a amigo de un amigo, por las bromas de mal gusto de un comediante, o cualquier otro medio informal (y sesgado, por lo demás). Sexo oral, sexo anal, masturbación, frotación, fetiches y un sinfín de prácticas sexuales que existen y se practican, no tienen cabida en la educación formal por valores morales importados desde la fe, sin sustento lógico o práctico. Ni si quiera la penetración vaginal convencional tiene su explicación responsable. 

Los jóvenes no estamos aprendiendo autocuidado, y la imagen que se tiene actualmente del autocuidado es saber usar un condón, anticonceptivos y tener sexo preferentemente con la persona con la que tenemos una relación afectiva ¿Y el sexo fuera del pololeo? ¿Y si andamos calientes? ¿Y si soy homosexual y quiero que me penetren? A mí nadie me enseñó a ser pasivo, nunca supe que tenía que usar un lubricante especial, que tenía que tener cuidados particulares con mi higiene interna y externa, que el condón es primordial por razones que van más allá del VIH, nadie si quiera me dijo que ser pasivo no tiene nada de malo, y cuando quise intentarlo sentía culpa y dolor. La misma culpa y dolor que sienten las niñas calientes que les dicen putas y las denigran porque no callan su sexualidad, el mismo riesgo que corre cualquier adolescente hoy al experimentar con su cuerpo: no saber usarlo bien, tener prejuicios con su propio deseo. Y usar bien el cuerpo no tiene que ver con que hay cosas que deban o no deban hacerse, sino que para vivir una sexualidad plena, debe hacerse todo lo que se quiera de forma responsable, y así hay partes del cuerpo que por su naturaleza hay que tratar de forma distinta, como el ano, que debe estar dilatado, lubricado artificialmente y bien higienizado antes de practicar el sexo a través de él.

Esta falta de educación sexual a consciencia, sin los artificios del pololeo y la moralidad eclesiástica, es lo que genera una alta tasa de contagio de ITS (infecciones de transmisión sexual), lo que genera embarazo adolescente, lo que genera traumas relacionados con el sexo y el deseo, lo que genera el desborde sexual de los jóvenes que buscan como sea un escape para su bullente sexualidad reprimida por el silencio y las malas enseñanzas. Nos urge ahora una educación sexual laica, objetiva, pluralista, inclusiva y de calidad para todos.

lunes, 13 de mayo de 2013

El camino hacia la igualdad está minado de miedos absurdos


Mi generación se encuentra en un dilema, en un proceso de creciente racionalización de la moral, democratización de los sentimientos y politización de los afectos. Más allá de todo lo fashion que pueda ser apoyar el movimiento gay, más allá de todo el státus que pueda darte dentro de una conversación entre liberales de izquierda, la diversidad sexual lentamente ha impuesto una agenda que se encuentra entre dos caminos: el acomodamiento de “lo gay” a las instituciones, o la adaptación –forzada- de la institucionalidad hacia “lo gay”. Y es que estos caminos llevan a transformaciones sociales diametralmente distintas. Uno supone una homogeinización  de la subcultura ligada a la diversidad sexual (“lo gay”) con los valores familiares tradicionales que el estado promueve e impone a través del aparato legal; mientras que la otra, más cercana a otros movimientos, supone la destrucción – y reformulación – de estos valores y su simplificación, su actualización para poder contemplar, respetar e incluir a la diferencia en la dinámica estatal y social.
En primer lugar, me quiero detener en los tres procesos que mencioné al inicio: se racionaliza lo moral, puesto que la religión tiene una influencia, que si bien es considerable, que decrece inexorablemente. De esta forma, lo bueno y lo malo van en franco camino a regirse sólo por lo que trae beneficio, perjuicio, o es indiferente de acuerdo a indicadores medibles. Este cambio de valores supone dejar atrás muchos prejuicios (todos los prejuicios, todas las opiniones basadas en la “fe” y otras falacias con las que se nos suelen implantar nociones sin sustento) y está recién empezando, pero confío en que en las siguientes décadas podamos pensar la valorización de lo que actuamos de forma más fría y cercana a lo objetivo; Se democratizan los sentimientos, puesto a que hay una aceptación cada vez mayor a pensar (ergo, decir, incorporar al discurso) que todos somos capaces de sentir, y que no hay limitaciones sociales para ello; y se politizan los afectos: la afectividad debe ser utilizada y está siendo cada vez más utilizada en la construcción política de los jóvenes. El mismo discurso del movimiento estudiantil está basado en cierta parte en los afectos, en la consideración del ser subjetivo como víctima y objeto del cuerpo legal, y por tanto, un sujeto desconocido, pero con identidad al que se reconoce como parte referente del qué hacer político.

En segundo lugar, quisiera hablar brevemente del nacimiento de “lo gay”. Nace a partir de la discriminación, y engloba no sólo a hombres que tienen sexo u afectividad con otros hombres, sino que además a lesbianas, transexuales, bisexuales, pansexuales y una infinidad de otras categorizaciones de segunda clase dentro de la sexualidad en la sociedad. La exclusión de la diversidad sexual en la construcción de la cultura popular durante el siglo XX, generó finalmente “lo gay”, una cultura alternativa, una especie de “club de los que sobran” en el que se maneja un lenguaje y un qué hacer distinto, con códigos propios, bizarros a los ojos de los “normales”. El mismo término “gay” es una respuesta a la patologización de la orientación sexual que supone la homosexualidad, que es una definición clínica; gay  significa alegre, y desde este punto de partida se ha construido toda una realidad alternativa en términos de moda, música, cine, estética, sexualidad, afectividad y estilo de vida. Actualmente lo gay se asocia mucho al arribismo, al machismo y a la exclusión interna dentro del movimiento por la diversidad sexual, una supremacía masculina, sin embargo,  en general y este texto en particular, la cultura gay es mucho más que eso.  

¿Por qué preocuparse de la institucionalización de la diversidad sexual? Porque es también una diversidad cultural, una realidad polifórmica y que en este momento intenta ser absorbida por el aparato estatal, que viéndose imposibilitado de castigarla, necesita normarla para controlarla. Henos aquí entonces con las dos alternativas que señalaba al principio: La primera, institucionalizar y acomodar “lo gay” al aparato estatal actual es un camino que se ha trazado para el movimiento de la diversidad sexual desde varios frentes y que tiene un apoyo político apabullante; “somos todos iguales, por ende la legislación debe tomarnos a todos por igual”. Estas instituciones trascienden mucho más allá del Registro Civil (cuyo reconocimiento hacia las diferentes orientaciones e identidades sexuales sigue siendo prioritario en cualquier agenda del movimiento por la diversidad sexual). La institución de La familia es, quizás, la más amenazada por las reivindicaciones de reconocimiento e igualdad, y es ésta institución la clave para definir el futuro valórico y cultural de “lo gay”.

La adopción de una “familia convencional”, Papás, Mamás, Hijos, control, transmisión valórica, roles definidos, relación vertical entre padres e hijos… todas son características actualmente normadas y que le dan seguridad a las generaciones anteriores sobre la perpetuidad de su estilo de vida. Pero es también una familia estática, que impide la evolución de la sociedad ¿Tres padres? ¿Dos madres? ¿Padre soltero? La cantidad de gente que vive sola sin querer formar familia es también grande, y la institución del matrimonio es tremendamente dañina para cuando estas personas construyen proyectos de vida que no pasan por la familia con hijos. Partiendo por la desaprobación social, el hecho de que muchas políticas públicas estén condicionadas o dirigidas a que las parejas procreen y generen hijos, que la única familia aceptada por el momento es la heterosexual  tradicional, siendo las madres solteras motivo de compasión, los padres solteros de suspicacia y cualquier otro modelo familiar es acusado de depravación y tomado con extrema cautela. La familia que se nos propone es una familia que transmite un proyecto social basado en la rigidez y en la organización vertical. Intervenir esta institución es sentar las bases para una nueva forma de convivencia y crianza que no es ni favorable al sistema ni a las consciencias limitadas de quienes defienden el modelo. Así mismo, con cómo van las propuestas de legislación actuales para regular las familias homoparentales, hay una homologación de la familia homoparental con la familia heterosexual tradicional. No se admite cabida, ni si quiera se ha pensado, en padres transexuales, por ejemplo; y por supuesto, se piensa en la familia como un aparato diseñado sólo para generar descendencia, y no comunidad. Las limitaciones del modelo por el que algunos pelean son evidentes y conducen a una perpetuidad en la moral ilógica que nuestra generación va camino a destruir.

El otro camino, es que la legislación se abra a aceptar y promover políticas antidiscriminación para que cualquier tipo de familia encuentre apoyo, cabida y aprobación dentro de la sociedad. Ello implicaría la aparición y masificación de otros modelos de crianza y desarrollo de comunidades con valores más laxos, no por ello menos positivos. Implicaría que “lo gay”, si bien inevitablemente se fundirá con la sociedad, lo hará de forma paulatina, aportando un rupturismo estético y valórico sin precedentes. En este camino, el Estado juega un rol de mediador hacia la aceptación de realidades diversas, más que como un gran homologador y castigador de la diferencia. Evidentemente supone un remesón importante en la forma en la que se constituye la sociedad. Las interacciones varían, la posibilidad de encontrar acogida independientemente de lo que se considere correcto o negativo según los principios sacros, es un avance importante. Sin embargo, esta ruptura con el modelo autoritario de familia implica también una ruptura con el modelo autoritario para relacionarnos, acelerando el proceso de racionalización moral precisamente a través de la democratización de la forma en la que el estado comprende los sentimientos y la afectividad, y el descarte absoluto del fascismo como forma de interacción entre pares. Significa reconocernos como pares, sin importar nuestra situación de nacimiento.

En este panorama estamos, es el gran dilema. Y aunque algunos como Rolando Jiménez aspiren al congreso para conseguir la normativización, para conseguir ser aceptados e incluidos en la idílica familia prometida del sueño americano (secundados, por supuesto, por los partidos tradicionales y buena parte de Fundación Iguales); otros se levantan desde la diferencia exigiendo reconocimiento sin intervención, sin condiciones. El derecho de ser es el más violentado hoy en día en nuestra sociedad y es el que debemos reclamar con más fuerza: El derecho de ser sin condiciones, sin exclusiones, sin letra chica; de poder crear en nuestro espacio personal lo que individualmente queremos, lo que colectivamente soñamos. La normativización del ser es, por supuesto, una amenaza, gatillada porque al ejercer ese derecho se intervienen demasiadas realidades, se inseguriza a demasiada gente, se amenazan los cimientos de demasiadas autoridades. Claramente no es el momento en el que podremos ser y crear sin fronteras, pero sí podemos tomar el camino para llegar allí.
Camilo A. García

domingo, 8 de abril de 2012

Un país de mierda


Anteriormente ya había dicho que no me gusta vivir en un país que es incapaz de aceptar que soy un ser capaz de amar. Quizá si lo acepte, sólo que no quiere o no le gusta o sencillamente es un país de mierda. Yo mismo me siento un poco parte de esa mierda por usar el caso de Daniel Zamudio como ejemplo, por manosear el nombre de ese compañero de “gremio” que fue enterrado con esvásticas grabadas en su cuerpo.



El odio y la intolerancia alcanzaron su punto más alto, no en  Daniel, sino en los descerebrados de sus agresores. Los estúpidos nazis chilenos no son nada más que una parte de nuestra idiosincrasia hecha persona. Hay una carta en la puerta de la posta central sobre “nuestra cultura de la burla”. Nuestra cultura promueve muchos tipos de odio y no nos damos cuenta, o no nos interesa, o nos interesa sólo cuando muere alguien. Es una situación incómoda y hay que sacar un discurso progresista para salir de ella. Si hasta Zalaquett ahora apoya a los homosexuales después de todas las redadas que han hecho los nazis en el Parque San Borja o en el Parque Forestal y de las que el municipio ha sido testigo y cómplice.

El humor sobre los homosexuales es siempre una exageración de nuestra sexualidad, el término “maricón”, por mucho que el SERNAM quiera volverlo sinónimo de agresión a la mujer, significa “poco hombre”, y en el fondo, “homosexual”. Es un termino despectivo difundido  cuando, hace no tan poco, ser homosexual era un crimen. Así como desde pequeños sabemos que “maricón” es algo malo, también sabemos que tenemos que ser “bien hombrecitos para nuestras cosas” porque las mujeres son demasiado mujeres para el honor. Y crecemos con la idea de la unidad nacional y el orden público como objetos últimos de la política.

Somos mucho más fascistas de lo que creemos ser. No nos permitimos la discrepancia, ni la protesta. No permitimos que nuestros niños respondan a nuestros retos. No podemos protestar, ni agarrarnos a trompas con el carabinero que nos agarra a palos. Pedimos sumisión y llamamos al odio. Llamamos al odio Llamamos al odio Llamamos al odio. Quiero repetirlo hasta quedar disfonico. En un país que odia los nazis son sólo una consecuencia lógica. Me da igual si se dicen “neonazis”, “nacional socialistas” (NAZI, en alemán), “nacionalistas” o miembros del Frente Orden Nacional. Como sea son enfermos vástagos de una sociedad que los parió para ignorarlos y culparlos de sus vergüenzas. Y están creciendo en número.




Estoy hastiado con toda esta hipocresía de país correctito que le achaca la pobreza a la flojera para poder quitarse responsabilidad. Cuando tapamos nuestra intolerancia con mandatos morales como “la familia”; cuando hablamos de la santidad de la vida desde la concepción y nos olvidamos de los vivos una vez que nacen.

Por respeto a Daniel Zamudio lo voy a dejar en paz, y voy a hablar y cargar con los verdaderos culpables, que somos todos nosotros. 

jueves, 21 de julio de 2011

Decidido: Chile quiere matrimonio de calidad, Patagonia igualitaria y educación sin represas.

Adelantar las vacaciones de invierno es forma evidente de desgastar al movimiento estudiantil ¿de qué otra manera puede defenderse un gobierno que no tiene ni pies ni cabeza? No creo realmente que a Piñera y su séquito les importe demasiado la popularidad que tengan, ni si quiera creo que les importa hacer las cosas medianamente bien: la regla general del mercado es ganancia a cualquier costo. El movimiento estudiantil representa una seria amenaza para los intereses de los políticos (tanto de la concertación como de la coalición por el cambio) que tienen capital invertido en colegios y universidades, por tanto debilitarlo se convierte en el objetivo número 1. Fuera de defender los intereses personales, nadie tiene ninguna otra intención: no hay valores detrás del gobierno, sólo una ideología fría y seca que nos viene acompañando desde las reformas de Pinochet, cimentada por los 20 años de Concertación y rematada (a modo de “golpe final”) por la Derecha. El bien común quedó atrás hace muchos años.

Entonces cómo podemos constituir un gobierno, tanto en el congreso, como en el ejecutivo, hecho de gente tan fría y seca como el neoliberalismo ¿Cómo puede la ciudadanía aceptar una izquierda agonizante, un centro tan centrado que se hunde y una derecha tan cruel que da miedo? La respuesta es sencilla: estamos tan fríos y secos como quienes nos gobiernan. Tampoco el bien común prima en las vidas de los votantes chilenos: los viejos son demasiado conservadores, los adultos se han convertido en derrotistas y los jóvenes nacen apáticos. Por eso también es muy importante para quienes gobiernan que el movimiento estudiantil no tenga éxito: es la prueba de que no todo está perdido. Si hay un lugar en donde el bienestar personal desaparece y deja paso al bien común, a esa cabeza, ese ideal que mueve a las masas y las llama a hacer justicia, es en el movimiento estudiantil (del cual es redundante hacer alguna diferencia entre secundario y universitario).

Somos minoría en la sociedad, lo sé. Como estudiantes movilizados somos una minoría dentro de 17 millones de chilenos; como homosexuales, bisexuales, lesbianas y transexuales también somos una minoría; como ecologistas que entendemos que la protección de la madre tierra es la única opción para el desarrollo de la sociedad, también somos minoría. En Chile las voces de cambio son pocas, pero a pesar de ello se masifican rápidamente y van ganando terreno: hace 5 años sólo el 36% de la población aprobaba el matrimonio y la adopción homosexual, y hoy ya es el 48%; hace 5 años el movimiento estudiantil quería botar una ley, y hoy quiere reconstruir el estado; hace 5 años un gobierno se propuso aprobar decenas de termoeléctricas, y si entonces nadie hizo nada, ahora detuvimos punta de choros y estamos a punto de echar abajo hidroaysén. Los movimientos sociales crecen y están convirtiéndose en un problema: Si el movimiento estudiantil gana aunque sea una batalla, sentará un precedente demasiado peligroso para políticos y empresarios de toda clase.

Aun así ¿qué hacer con el resto? ¿Qué hacer con los 15 millones de chilenos que aún no salen a las calles? ¿Con la aún enorme masa de gente que cree que ser homosexual es comparable con ser pedófilo o que lo considera la peor degradación del ser humano? ¿Qué hacer con aquellos que aún llevan la bandera del progreso a cualquier costo? Pareciera ser que los ideales más preciosos que se hayan levantado en los últimos 5 años no sean suficientes como para cambiar la sociedad, como para orientarla claramente y no permitir que exista esta crisis de representatividad.

¿Qué sociedad queremos? Pocos lo saben y a pocos les interesa. El 60% de Chile cree que el desarrollo económico no lo ha beneficiado, y aun así nadie pide una distribución equitativa de la riqueza. Las familias se desmoronan y mientras más niños abandonados hay, menos queremos que homosexuales sean capaces de adoptar y formar familias sanas. Nuestro país parece estar desorientado y ello en las urnas nos jugará en contra, en la asamblea constituyente nos jugará en contra. No basta el rechazo a un gobierno para derrocarlo, ni reconocer la maldad detrás de un sistema para cambiarlo.

En otra columna dije que la unión de todos los gremios movilizados era la única esperanza de victoria. Ahora me gustaría señalar una cosa: debemos orientar bien a la población respecto de lo que queremos y por qué lo queremos. La masificación de las ideas, sin eslóganes, sólo con la verdad por delante, será decisiva a la hora de decirle a la gente que construya una sociedad más justa. Las minorías unidas debemos avanzar, luchar y por sobre todo, dejar de ser sólo minorías.

Camilo A. García

lunes, 11 de julio de 2011

Algo muy personal

Hablé en frente de 20.000 personas en el acto de la CONFECH el 12 de mayo. En ese entonces yo era vocero de la Federación Metropolitana de Estudiantes Secundarios, de la cual también soy redactor de su estatuto. La FeMES significo para mi proyecto muy personal y su vocería era un honor. Luego de bajarme del escenario mucha gente me miró complacida, me aplaudía y un par de periodistas me interceptaron: un hombre bajo y calvo del diario Las Últimas Noticias y una mujer del diario La tercera. La adrenalina de subirse a ese lugar y dirigirse ante tantas personas me llevó a aceptar que ambos hicieran de mí un “perfil”, que no es otra cosa que preguntarme un montón de cosas personales para convertirme en el “nuevo líder estudiantil 2.0”. Fue una mala decisión. Eventualmente me convertiría en farándula y decidí renunciar al cargo de vocero antes de que ello pasara.

Pero no todo acabó ahí. Una cosa llevó a la otra y me convertí en coordinador, haciéndome conocido en muchos colegios dando charlas y luego como dirigente de la Asamblea de Estudiantes de Colegios Privados. Sin saberlo ya muchas personas conocían mi existencia y tarde o temprano los secretos que nunca me he molestado en ocultar salieron a la luz: un profesor de la UMCE me usó de ejemplo en una clase y mencionó casualmente mi homosexualidad. Un amigo que estaba presente en esa cátedra se alarmó y me llamó para preguntarme si tomaría cartas en el asunto. Y tras mucho pensarlo, dije que no: no quiero saber cómo lo supo, ni quiero desmentirlo. Como dice una canción de Sandra Mihanovich: soy lo que soy.

Desde entonces he estado pensando en mi vida personal ¿estuve en el closet alguna vez? No lo recuerdo ¿quiero formar familia? Sí, me encantaría ¿Estoy en el país correcto, entonces? No lo estoy.

Quiero ser médico. Quiero tener la satisfacción inmediata de hacer un aporte a la gente y a las ciencias, marcar una diferencia entre lo que usualmente se considera un paciente y lo que yo llamo persona. La política, el movimiento secundario, el ecologismo y el movimiento homosexual son añadidos que no me provocan ningún placer, pocas alegrías y demasiados disgustos. No quiero dedicarme a las últimas 3 cosas, pero si no lo hago yo ¿quién? No tengo mi conciencia tranquila viviendo en una sociedad tan injusta, no puedo planear mi futuro en un mundo moribundo y por sobre todo, no puedo dejar que la estupidez se apodere de mi vida y me impida tener la vida que quiero (y estoy decidido a tener).

No puedo ser feliz en un país que me condena por amar. Leí por ahí una columna muy buena sobre los olvidados de siempre, sobre los niños del SENAME. Por mi madre, profesora y fonoaudióloga entre otras cosas, he podido ver muy muy de cerca a esos infantes abandonados a su suerte, que claman cariño e irradian ternura. Es totalmente injusto que se les prive de tener una familia que los quiera sólo por un dogma que sepa quién cuándo se inventó, porque Jesús nunca lo dijo, Dios es un ente abstracto y silencioso, y lo que yo haga con mi ano es cosa mía. No es que diga que todos los gays están genéticamente preparados para adoptar, pero hay de todo al igual que en el mundo heterosexual, y darnos la posibilidad de hacernos cargo de ese déficit de padres responsables no sólo aliviaría la carga del servicio nacional de menores, sino que le daría una vida mejor a muchos niños, niñas, hombres y mujeres.

No puedo trabajar tranquilo, tampoco, en un país en donde aún me pueden despedir impunemente por ser distinto. No existe una ley antidiscriminación, por lo que no puedo ir de la mano con mi pareja por la calle (recuerdo haberlo hecho con un ex, un barbón veinteañero con pinta de metalero. Los carabineros nos amenazaron con llevarnos a la comisaría), no puedo expresar afecto en público y ni hablar de ser figura pública y presentar públicamente también una pareja del mismo sexo.

Seguiré estando en el país equivocado hasta que la discusión sobre el matrimonio homosexual deje de estar centrada en los conflictos patrimoniales y se convierta en un asunto de igualdad ante la ley. El amor que yo profeso (y estoy orgulloso de hacerlo) hacia un hombre no es muy distinto al que le daría a una mujer, y por lo mismo, el matrimonio trasciende a la herencia y se convierte en la aprobación de la nación hacia una unión que no debería causar ninguna extrañeza.

Entre homosexuales, bisexuales y transgéneros tendemos a crear una barrera con el mundo heterosexual, encerrándonos muchas veces en nuestros círculos y nuestros códigos. Por experiencia sé que la terapia de shock es sumamente útil para combatir cualquier tipo de fobias, y entre más pronto entendamos eso, más rápido cambiará la sociedad. No puede haber matrimonio sin ley antidiscriminación, ni una familia puede estar completa hasta poder tener descendencia, es decir, tener adopción igualitaria. Estas tres cosas deben llegar juntas a la sociedad chilena, y nosotros tenemos la misión de hacer ese tratamiento de shock: vivir normalmente, entendiendo que no somos tan distintos ni tan iguales, como tampoco lo son entre heterosexuales, y no temer el besarse en frente de un niño, en frente de una pareja de ancianos o de un grupo de pacos. Debemos aplicarle terapia antifobia a esta sociedad hasta que en las cátedras se deje de mencionar como una curiosidad la homosexualidad del sujeto del que se habla.