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viernes, 12 de julio de 2013

Preparándonos para la guerra moderna

No hace mucho Edward Snowden nos ha regalado su vida y junto con ella, miles de documentos que fue acumulando en su tiempo trabajando para los organismos de inteligencia de EEUU. En ellos se manifiesta que la NSA (Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos) tiene acceso a los datos (nuestros datos) de prácticamente todas las grandes compañías de internet, que hace escuchas telefónicas secretas a todos los clientes de un proveedor de telefonía con millones de usuarios y que ha utilizado leyes secretas y aprobadas en tiempos de la guerra en Irak para vulnerar el derecho a la privacidad e inmiscuirse en las vidas de los ciudadanos, no sólo de EEUU, sino también del mundo. Los gobiernos alrededor del globo han tenido una respuesta, a lo menos, floja, en relación a que los datos de ciudadanos de los 5 continentes están siendo examinados por la potencia norteamericana. Esto demuestra que, o los gobiernos están al tanto, o tienen programas similares (véase a Francia y lo que se reveló de sus programas de espionaje), o la impunidad de Estados Unidos es tan grande que nadie cuestiona que se inmiscuya en los asuntos de ciudadanos que no le corresponden.
Hace mucho tiempo, en el siglo XIX, durante el gobierno de Abraham Lincoln y la guerra de secesión existió una medida similar: todas las comunicaciones telegráficas de EEUU se redirigieron al departamento de seguridad del gobierno y desde allí se orquestó la censura de medios, la detención de personas y se obtuvo información sensible que permitió terminar con la guerra. Eventualmente, el espionaje se hizo innecesario y dejaron de prestarle atención a lo que la gente se telegrafiaba. Hoy, tal como hace más de 100 años, en EEUU arguyen que es la guerra (hoy “contra el terrorismo y el narcotráfico”) lo que los motiva a generar este tipo de programas y que éstos han salvado vidas y evitado incidentes graves. El problema es que la guerra de secesión tuvo victoriosos y tuvo un final ¿Cuándo se acaba la guerra contra el terrorismo? ¿Existe realmente una guerra contra el narcotráfico?
Independientemente del negocio político, económico, social, cultural que significan las drogas para el poder, ambas son guerras inventadas ¿Realmente existen terroristas? No es que los iraquíes, afganos y demás ciudadanos de países musulmanes odien a EEUU sólo porque tienen un mejor nivel de vida, o porque sean “razas” sedientas de sangre. EEUU lleva tiempo interviniendo política y económicamente su territorio, saqueando sus riquezas e instaurando regímenes totalitarios (historia conocida para nosotros en Latinoamérica). No es como para tenerles cariño y esperarlos con té y pan caliente. La guerra contra el terrorismo es funcional a los intereses económicos de EEUU y sus aliados, como también es una excusa para vulnerar derechos dentro de sus propias fronteras, una forma de control político. Por tanto, en este caso, la guerra durará tanto como sea útil obtener petróleo y minerales desde medio oriente, y tanto como les sea útil para justificar el presupuesto y facultades excesivos de las agencias de seguridad; es decir, indefinidamente.
Pero EEUU no es el único que se inventa y hace guerras para mantener su maquinaria de inteligencia funcionando. Chile también lo hace. No tenemos terroristas, pero tenemos delincuentes. La “seguridad ciudadana” viene siendo tema en las elecciones y los noticieros desde hace muchísimo tiempo. La guerra contra la delincuencia es otra guerra sin un enemigo fijo, sin un final visible. Si la delincuencia se derrota eliminando las desigualdades educativas, económicas y sociales que la sustentan, ¿por qué llenarnos de carabineros? ¿Por qué darle tanta ínfula a la PDI? Porque son organismos funcionales al control que El Poder quiere ejercer sobre los ciudadanos.
Hoy no es práctico sacar a los militares a la calle, sus trajes de camuflaje llaman demasiado la atención, pero los gobiernos de la concertación (especialmente Bachelet) y ahora el de Piñera no tuvieron ni tienen problema alguno para enviar a carabineros con armamento de guerra a atormentar a los Mapuches.  En las poblaciones hay carabineros con escopetas y metralletas custodiando ferias libres y esquinas, sin que la tasa de consumo de drogas y delitos violentos haya bajado en proporción al número de efectivos con armamento pesado, porque éstos cumplen una función política: hacer saber que existe un poder fáctico permanente.
Los encapuchados en marchas son otro negociado en términos de seguridad para el gobierno. Hay más de una historia circulando por ahí sobre encapuchados que llegan a las marchas en buses de la policía. Organizaciones de DDHH como los Observadores de Casa Memoria José Domingo Cañas han constatado que las tácticas de carabineros están orientadas a reprimir, marcar, torturar y horrorizar a los manifestantes, no a los encapuchados ¿Cómo si no se puede asustar a una generación que no vivió las calamidades de la dictadura si no es enmascarando la represión como una forma de combatir gente antisocial?

Eso sí, hay que agradecerle a Snowden por mostrar al mundo lo que se hace en EEUU, porque en Chile los archivos de la DINA y la CNI siguen en manos del ejército y la Agencia Nacional de Inteligencia, cuyas prácticas y objetivos también desconocemos. La ciudadanía no se lo cuestiona, y si se llegara a saber algo de las proporciones de lo que existe en EEUU, no duden que se justificará con una “guerra contra algo”. El terrorismo, el narcotráfico, la delincuencia, los encapuchados no son el problema, el problema son las guerras del siglo XXI. 

miércoles, 26 de junio de 2013

Sobre tomas y democracia

Se acercan las primarias y algunos colegios están tomados. Horror. Los valores de la democracia se han perdido y los estudiantes no respetan la institucionalidad republicana. Los medios discuten y le preguntan a cuanta figura pública encuentran asociada a la política sobre si deben desalojarse los colegios. El SERVEL desde las sombras amenaza con enviar a las fuerzas armadas, las históricas “garantes” del sistema estatal. Entonces muchos pensamos en que los estudiantes no son un enemigo y los militares están para combatir enemigos ¿hay un enemigo interno? Otros, muchos otros, dicen que sí, que ya es suficiente, que tienen que irse a clases, que hay que castigarlos y que los militares en los colegios van a abrir paso a la “verdadera” forma de hacer cambios; las elecciones.
Si bien yo pertenezco a un movimiento con mucha vocación de poder (Revolución Democrática), lo primero que tengo que reconocer en el escepticismo de los estudiantes, y lo que le resta peso a las elecciones como argumento para desocupar los colegios, es que el sistema electoral no cambia nada en la práctica. Hasta ahora en los debates televisados hemos visto nula diferenciación entre los candidatos de la alianza, que a su vez no se distancian en nada del actual gobierno; mientras que en la concertación, si bien ahora se llaman a sí mismos “nueva mayoría”, mantienen el discurso y las propuestas (con matices hacia la centro-izquierda con Gómez y hacia la derecha con Velasco) de una vieja minoría que ya estuvo 20 años en el poder, y que frente a los estudiantes se han deslegitimado tras desoír sus demandas y consolidar un modelo que aún hoy son reticentes a cambiar. La elección para esta nueva generación, y particularmente para los estudiantes movilizados, es entre dos grupos que sólo se diferencian en temas valórico-eclesiásticos. Ello le quita validez a las primarias, pues los bandos que participan de ellas no son lo suficientemente heterogéneos como para dar la idea de efectividad del voto, así como también, si miramos a los parlamentarios que muchas veces acompañan a los candidatos de primarias, recordamos también que el binominal mantiene al congreso (y al modelo) igual de estáticos que las primarias.
Cómo se espera entonces que los estudiantes que han nacido bajo el alero de la Concertación y su eterna y superficial batalla con la Alianza, valoren la democracia como aquellos que vivieron la dictadura, si para ellos el sistema democrático no ha mejorado en nada su calidad de vida, sino que ha perpetuado las desigualdades que existen en la sociedad. Actualmente la única manifestación democrática a la que se hace referencia para defender el “modelo democrático chileno” es el plebiscito que acabó con la dictadura, a pesar de que en democracia heredamos sus mecanismos represivos y la estructura de las FFAA y de orden se ha mantenido en las mismas condiciones.
Esto me lleva al segundo punto: ¿Deben ser las Fuerzas Armadas los vigilantes del proceso eleccionario? ¿Si la sociedad civil, o una parte de ella ocupan un espacio destinado a las elecciones, debe enviarse a las FFAA en vez de buscar otro local? A veces uno no se cuestiona ciertas cosas que parecen casi naturales, pero en lo personal creo que el que hayan militares “defendiendo” la democracia me parece un resabio muy duro de un sistema marcial que no quiere irse de nuestro país. El sólo hecho de plantear el desalojo por la vía militar es considerar a los estudiantes movilizados como un enemigo a combatir. En lo personal no creo que Chile tenga enemigos que combatir, ni creo que existan, ni aquí ni en ninguna parte, enemigos internos de un Estado. Obviamente, lo que nuestros militares y carabineros siguen aprendiendo desde EEUU y su base en Concón es todo lo contrario.
Incluso dejando a las FFAA de lado, a los militares vestidos de camuflaje verde que tanto se nos viene a la mente, en este momento, las FFEE de Carabineros son un ente militar de choque entre el Estado y la sociedad civil, son un ejército interno que ha sido usado para maltratar y torturar no sólo a estudiantes, sino también trabajadores y secundarios. Justo por estos días Observadores de DDHH hace una muestra sobre lo que se ha constatado en torturas desde Fuerzas Especiales de Carabineros hacia estudiantes.

Realmente como país tenemos poco y nada que rescatar de nuestra democracia más que su simbolismo. El mismo simbolismo de la democracia que los estudiantes son incapaces de comprender porque se los priva de educación cívica cuando están en la escuela. Un país en donde las instituciones son inamovibles, en donde las elecciones no cambian nada, en donde el Congreso está atado de manos y en donde las instituciones represoras y la lógica de la fuerza armada contra el pueblo sigue imperando en el qué hacer estatal, es imposible pedirle a los estudiantes que desocupen su lugar de estudio, que sienten les pertenece mucho más que un sistema que no les da cabida ni solución a sus problemas.

Carta Abierta a Carolina Tohá sobre las tomas de colegios

“Las tomas de colegios no suman a la causa educacional”. (Carolina Tohá, alcaldesa de Santiago)
Señora alcaldesa,
En efecto, doña Carolina, las tomas de colegios no “suman” a la causa educacional.
Las tomas de colegios son una muestra de descontento, de soberanía y una forma de incomodar para obtener un fin. Originalmente, al menos durante el año 2006 y 2008, soñábamos que a través de las tomas podíamos presionar económicamente al sostenedor del colegio para que intercediera por nosotros ante las autoridades. Cortar los recursos de la asistencia mientras aún hay cuentas y salarios que pagar parecía una buena forma de sumar –forzosamente- a los reticentes y acomodados alcaldes y alcaldesas a la lucha por la educación pública. No fue, ni ha sido así hasta ahora.
Sin embargo, en ese espacio sin autoridades, donde nosotros teníamos que organizarnos para poder subsistir, administrar el ingreso y salida de recursos, racionar los alimentos, cocinar y limpiar, distribuir labores igualmente importantes como lo son la vigilancia contra ladrones y desalojos, el aseo y orden diario de las salas, la posibilidad de realizar actos culturales donde y cuando queramos, y el desenfreno hormonal y sexual nos dieron un sentido de comunidad que nunca ningún sistema educativo iba a poder darnos. Con eso nació también la idea de autoformarnos. No teníamos profesores ni asignaturas, pero podíamos elegir qué, cuándo y cómo aprender, así que empezamos a organizarnos para hacer desde preuniversitarios hasta clases de educación sexual. Todo lo que teníamos y queríamos tener en la escuela intentábamos tenerlo (precariamente) a través de la toma, y a veces funcionaba. Siempre, cada día, aprendíamos, reíamos, vivíamos y sufríamos la Toma.
Por supuesto, también está lo malo. La toma es un espacio violento, no toma consensos ni transa en nada. La toma es precisamente eso, la toma total del espacio y el poder en un recinto, la transformación de los ordenados en ordenadores y la formación de una burbuja anárquica (y no por ello desorganizada) dentro del inmueble. Es romper con la autoridad establecida y con la voluntad de, a veces, muchos otros que quieren seguir estudiando el currículum, que no les interesa la causa y que se sienten incómodos, o les da flojera participar en ese espacio. La toma significa arriesgar el mobiliario de los establecimientos, muchas veces roto y maltratado, significa que se rompen vidrios, que a veces se roban cosas, que se genera tensión entre los profesores y apoderados (usualmente reaccionarios) y los estudiantes, y que la dirección, sea cual sea, tiene que mantener una postura alejada, de reproche, y casi siempre de castigo frente a la toma. Este lado oscuro nos problematizaba, nos planteaba continuamente la necesidad de justificar la toma: es una lucha nacional, es por la educación de todos, es un espacio liberado, es necesario. Fueron muchas las consignas que usamos, y también sabíamos que muchos votaban por la toma para poder dejar de ir a clases, y luego confiaban en sus padres y en el sistema para volver a ir a clases, para que otros lucharan contra sus compañeros por ello. Después de la toma todo era distinto. La transgresión era demasiado fuerte, se generaban enemistades entre estamentos y a veces entre los estudiantes. El balance de la autoridad era siempre macabramente negativo y las consecuencias psicológicas y reglamentarias también.
¿Qué es entonces la toma? Para mí es un espacio roto, es las normas de un lugar absolutamente desechadas y reconstruidas nuevamente por la fuerza, y con una lógica distinta. La toma es la excusa de la flojera de algunos, pero también es la liberación de otros (quizás menos, pero unos válidos otros) que tienen ansias de construir, y que dentro de la toma construyen. La toma nos enseña a mirarnos a las caras y a dividirnos las tareas porque estamos construyendo algo, es un idealismo puro, reducido a un pequeño grupo de personas que aún sueñan. No estoy diciendo que la toma contribuya objetivamente hablando a la lucha por una mejor educación, pero la toma me enseñó a mí al menos muchas cosas que hoy son parte de mi discurso y que me han ayudado a crecer como persona y a madurar. La toma no es la forma de plantear un problema, pero llama la atención; la toma no es la forma de resolver un conflicto, pero a veces es la única forma de deliberar libremente, de construir libremente, de generar alternativas a la realidad que tienen los estudiantes; la toma no es un espacio de todos, pero es la única forma que queda en la que los estudiantes pueden sentir que tienen real control sobre sus vidas, sobre su espacio de educación; la toma no es familiar, pero algunos estudiantes necesitan alejarse de sus familias y encontrar una nueva, breve, efímera, en sus congéneres; la toma no es “democrática”, pero a través de ella yo aprendí lo importante que es la democracia en una sociedad de pares.
Es cierto, alcaldesa, las tomas no “suman” a la causa educacional; suman a la educación cívica, social, cultural y académica de los estudiantes, y son una de las últimas muestras de soberanía estudiantil que queda, y espero que las comprenda.
Gracias por tomarse la molestia de leer esta carta.
Atentamente,
Camilo A. García
Ex estudiante del Liceo de Aplicación

sábado, 15 de septiembre de 2012

#YoNoPrestoElVoto, o por qué la desconfianza en la política impide mejorar la política

Hace no muchos días me enteré de la campaña que están emprendiendo varios grupos de estudiantes secundarios y universitarios de “funar” las elecciones a través de la iniciativa #YoNoPrestoElVoto, que hace un llamado a no votar por quienes, por años, nos han traicionado usando sus cargos para fines personales. También es, tácitamente, un llamado a no votar.

Comparto plenamente la idea de que los políticos se han convertido prácticamente en una casta dentro de nuestro país, y que al momento de enfrentarse a las elecciones no hay realmente ninguna capacidad de elegir alternativas políticas. Se vota por un apellido, por una sonrisa, por el candidato que sale al lado de Bachelet, Golborne o Allamand. El sistema binominal y los partidos políticos tradicionales (todos entre el Partido Comunista y la UDI) nos han acostumbrado que no importe por quién se vote “seguiremos igual”. Comparto esa opinión.

En mi comuna por lo menos, Santiago Centro, no importa si voto por Zalaquett o por Tohá. Quizás Zalaquett encarna algunas de las peores cosas que puede encontrar uno en militantes de la UDI. Pero sea como sea, Tohá es de la misma concertación que no apoyó a los estudiantes en la revolución pingüina del 2006 y tanto ella como el abanderado de la derecha van a seguir dando concesiones a cafés para que funcionen como prostíbulos encubiertos, seguirán permitiendo la destrucción del patrimonio arquitectónico e histórico de la comuna para la construcción de edificios de departamentos y no ofrecen soluciones concretas a los problemas de seguridad, infraestructura vial ni creación y cuidado de áreas verdes que necesita la comuna.
Sólo en el último año algunas voces dentro de la concertación han levantado propuestas radicales como la asamblea constituyente (Algunos miembros del partido radical), pero también otros han repudiado esas iniciativas escudándose en lo cómoda que están los políticos en Chile (Escalona y su discurso que no vale la pena comentar). Si algo han hecho Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet ha sido consolidar el modelo neoliberal en nuestro país, y lo han defendido con dientes y uñas. No son oposición. Pueden diferir de los valores morales del Opus Dei y los Legionarios de Cristo, pero no son distintos en absoluto a la UDI y RN en todo lo demás. Y el hecho de que con tanto empeño el Partido Comunista busque entrar en la Concertación, y que sus diputados tengan tan bajo perfil en el congreso es también señal inequívoca de que pertenece, o quiere pertenecer a nuestra “casta política”.

Por eso puedo comprender, y hasta incluso compartir la campaña de #YoNoPrestoElVoto, porque yo tampoco quiero usar mi recién ganado poder de voto para elegir a los mismos de siempre. Pero donde difiero, y donde creo que se manifiesta la inmadurez de la iniciativa, es que en vez de proponer una alternativa, es una funa total ¿qué sucede con candidatos ciudadanos que sí se posicionan como una alternativa como Josefa Errázuriz? ¿qué sucede con los intentos de los jóvenes de incursionar en la política? El sistema necesita cirugía mayor, pero eso no significa que todas las campañas e intentos de entrar en la política sean malos.

Incluso si se vea como una alternativa relativamente sensata el no elegir ninguna alternativa, me preocupa la falta de visión política. El movimiento social no puede triunfar si no ocupa los espacios políticos, y no podemos esperar eternamente la muerte de los partidos políticos tradicionales, ni que quienes están extremadamente cómodos con el modelo vayan a hacer algo por cambiarlo. Para acompañar la funa a estas elecciones debería venir, a lo menos, la idea de construir un nuevo referente, diferente del Partido Comunista y la Concertación, ideado y controlado por quienes están (estamos) hartos de la política convencional.

Por eso, no basta con funar la política tradicional para cambiarla. Dar vuelta la cabeza y dedicarse sólo a la crítica sólo dejará que las cosas sigan su curso sin los jóvenes, que hasta ahora no han sido una fuerza política. En mi caso, #YoNoPrestoElVoto a nadie, pero tampoco quiero desperdiciarlo. 

Camilo A. García

jueves, 16 de agosto de 2012

La difícil tarea de profundizar el debate secundario


Siempre he sido muy crítico del fundamentalismo en las organizaciones secundarias. La polarización de posturas finalmente limita el debate a cosas básicas, como la inclusión (o no) de partidos políticos, o la desmunicipalización de la enseñanza; cosas en las que se puede tener total consenso o división, sin matices. En esos casos es fácil levantar arengas (como funar las elecciones) para arrear a la mayor cantidad de colegios a cada organización (son ideas atractivas, que suenan radicales) y llamarse consecuente ante ideas básicas, pero el análisis sobre educación se detiene y el discurso público de los voceros pierde base y sentido.

Para hacer cualquier cambio democrático hay que lograr primero un cambio en las conciencias de la ciudadanía. El año pasado se introdujo el movimiento estudiantil con grandes manifestaciones culturales que le gustaron mucho a la gente. Este año la tónica ha sido la represión policial de cualquier manifestación de descontento que, por supuesto, vuelve a los jóvenes más violentos. Estas manifestaciones de violencia son naturales, no son demoniacas ni mucho menos van a partir al país en dos, pero la visión que la opinión pública tiene de ellas es nefasta. Independientemente de si se apoya o no la violencia callejera, un poco de cinismo a la hora de hablar del tema no vendría mal. Responder a ese tipo de cuestionamiento, con propuestas y soluciones concretas en educación, tampoco.

Y es que las demandas actuales del movimiento secundario evidencian el estado de agonía por el que pasa la educación en Chile: Si las tres mayores demandas son reconstrucción, cese de hostigamiento político y desmunicipalización, entonces quiere decir que ni si quiera existen las condiciones básicas para estudiar y debatir (perfecto, eso lo sabíamos todos). Llevar la discusión más allá de lo superficial sería una excelente idea. Claramente cuando tienes un colegio de cartón es difícil pensar en teorías educativas, pero para las asambleas no es tan complicado. Se hizo el 2006 y se puede hacer este 2012.

Hablar de, por ejemplo, ¿cómo deberían aprender los estudiantes? ¿de qué forma tiene que modificarse la relación entre los estudiantes y sus profesores y colegio para que mejore la calidad de la enseñanza? Son preguntas difíciles y que tienen necesariamente un trasfondo ideológico (¿qué rol tiene el profesor? ¿es una autoridad o es un guía? ¿deben ser los colegios inclusivos? ¿cómo se justifica el autoritarismo de los sostenedores en el modelo?) pero necesarias para la evolución del movimiento, y evitar estancarse en discursos “panfleto” como los que he escuchado últimamente, que sólo buscan agitar a una masa de personas que por lo demás ya es consciente de los problemas. Profundizar el debate es, además, empoderarse y dar un paso adelante, decirle al gobierno y la ciudadanía que los secundarios no sólo luchan, sino que tienen la madurez para pensar en soluciones para el mayor problema que hay en este momento: la educación escolar.

Incluso una nueva forma de pensar en la incursión política. La constitución chilena debe ser cambiada, y el proceso constituyente es una necesidad, pero rechazar cualquier intento de participar en política es nefasto. En un sistema político que necesita más jóvenes no se puede tener a las organizaciones de jóvenes llamando traidores a quienes opten por una vía “oficial”; más allá de las aprehensiones que se puedan tener con los partidos políticos, que comparto totalmente, la vía oficial, lejos de ser traición, es una propuesta alternativa para llegar a un mismo objetivo, válida en tanto mantenga sus ideales.

Con un discurso más majadero, que haga énfasis constante en los errores del gobierno, la perversidad del actuar de las FFEE en las movilizaciones, los montajes y la relación evidente que hay entre los políticos y el negocio de la educación se puede neutralizar la campaña de desprestigio del gobierno, e incluso contrarrestarla. Un debate sobre educación que crezca en complejidad y en propuestas, que bien puede ser ayudado por académicos que apoyan al movimiento; y mayor tolerancia hacia los proyectos distintos que puedan emerger del movimiento social, el movimiento estudiantil puede convertirse en un movimiento ciudadano, político e ideológico que logre cambiar la educación y la democracia en Chile.

Camilo A. García

domingo, 8 de abril de 2012

Un país de mierda


Anteriormente ya había dicho que no me gusta vivir en un país que es incapaz de aceptar que soy un ser capaz de amar. Quizá si lo acepte, sólo que no quiere o no le gusta o sencillamente es un país de mierda. Yo mismo me siento un poco parte de esa mierda por usar el caso de Daniel Zamudio como ejemplo, por manosear el nombre de ese compañero de “gremio” que fue enterrado con esvásticas grabadas en su cuerpo.



El odio y la intolerancia alcanzaron su punto más alto, no en  Daniel, sino en los descerebrados de sus agresores. Los estúpidos nazis chilenos no son nada más que una parte de nuestra idiosincrasia hecha persona. Hay una carta en la puerta de la posta central sobre “nuestra cultura de la burla”. Nuestra cultura promueve muchos tipos de odio y no nos damos cuenta, o no nos interesa, o nos interesa sólo cuando muere alguien. Es una situación incómoda y hay que sacar un discurso progresista para salir de ella. Si hasta Zalaquett ahora apoya a los homosexuales después de todas las redadas que han hecho los nazis en el Parque San Borja o en el Parque Forestal y de las que el municipio ha sido testigo y cómplice.

El humor sobre los homosexuales es siempre una exageración de nuestra sexualidad, el término “maricón”, por mucho que el SERNAM quiera volverlo sinónimo de agresión a la mujer, significa “poco hombre”, y en el fondo, “homosexual”. Es un termino despectivo difundido  cuando, hace no tan poco, ser homosexual era un crimen. Así como desde pequeños sabemos que “maricón” es algo malo, también sabemos que tenemos que ser “bien hombrecitos para nuestras cosas” porque las mujeres son demasiado mujeres para el honor. Y crecemos con la idea de la unidad nacional y el orden público como objetos últimos de la política.

Somos mucho más fascistas de lo que creemos ser. No nos permitimos la discrepancia, ni la protesta. No permitimos que nuestros niños respondan a nuestros retos. No podemos protestar, ni agarrarnos a trompas con el carabinero que nos agarra a palos. Pedimos sumisión y llamamos al odio. Llamamos al odio Llamamos al odio Llamamos al odio. Quiero repetirlo hasta quedar disfonico. En un país que odia los nazis son sólo una consecuencia lógica. Me da igual si se dicen “neonazis”, “nacional socialistas” (NAZI, en alemán), “nacionalistas” o miembros del Frente Orden Nacional. Como sea son enfermos vástagos de una sociedad que los parió para ignorarlos y culparlos de sus vergüenzas. Y están creciendo en número.




Estoy hastiado con toda esta hipocresía de país correctito que le achaca la pobreza a la flojera para poder quitarse responsabilidad. Cuando tapamos nuestra intolerancia con mandatos morales como “la familia”; cuando hablamos de la santidad de la vida desde la concepción y nos olvidamos de los vivos una vez que nacen.

Por respeto a Daniel Zamudio lo voy a dejar en paz, y voy a hablar y cargar con los verdaderos culpables, que somos todos nosotros. 

viernes, 7 de octubre de 2011

¿hacia dónde va el movimiento estudiantil?

Desde que dejé la vocería de la coordinadora metropolitana y me retiré de las cúpulas del movimiento he estado dando charlas en colegios, algunos no movilizados y otros en toma o paro. No importa el tema de la exposición, siempre la pregunta más recurrente es la misma que yo me he estado haciendo desde mayo ¿hacia dónde ha el movimiento estudiantil? Y lo cierto es que es una pregunta de difícil respuesta.

Gabriel Salazar dice que tenemos condiciones de éxito, pues la memoria colectiva chilena ya tiene suficientes antecedentes para llevar a cabo una revolución propia, acumulando los errores, tragedias y aciertos desde 1965 hasta ahora. Y es cierto, pero el movimiento estudiantil ha sido una seguidilla de sorpresas que hacen difícil una proyección. Por ejemplo, durante las vacaciones de invierno estuve absolutamente seguro de que las tomas no durarían después de agosto, pero los lumazos dados el 4 de agosto fueron realmente una inyección de fuerza al movimiento, que desde entonces vuelve fortalecido después de cada período crítico.

A pesar de tener una masa movilizada relativamente estable, no hay un diálogo directo entre los dirigentes secundarios y sus bases. Cientos de colegios se mantienen autónomos y las organizaciones secundarias no han sabido llegar a ellos, sino todo lo contrario: existe un rechazo a la ACES (principalmente luego de su errático comportamiento este año) y a la COMES (que sienten más ligada al establishment político). En definitiva, esa masa estable movilizada, se mantiene más por la fuerza propia que por una buena gestión de los dirigentes, que más que hacer historia, son las caras visibles de una generación histórica.

Y así como existe esa base fuerte, el gobierno ha mostrado una ineptitud sorprendente, con un abierto doble discurso y un pésimo manejo comunicacional, tal como lo demostraron las amenazas de perder el año escolar, los créditos y las becas. Incluso con ese mal manejo, incluso con el ojo del mundo sobre nosotros y con innumerables ocasiones para aprovechar las debilidades del gobierno, los voceros no han sabido decir, por ejemplo, que en tanto existan declaraciones como las del vocero de gobierno, que desvalorizan y deslegitiman al movimiento, una mesa de diálogo no es válida. No han sabido decir, por ejemplo, que en tanto el presidente defienda el lucro con dientes y uñas, el diálogo no es viable. Por sobre todo, no han sabido decir que en tanto la gran parte de los políticos tengan intereses creados en la educación, ellos no son quienes deben legislar al respecto.

Frente a esta crisis del estado, en la que lo establecido es incapaz de entregar calidad de vida ni asegurar la democracia, lo más lógico sería hacer la reforma FUERA del estado, esperando conducir el movimiento hacia la idea de la asamblea constituyente, movilizando a las fuerzas para que en la deliberación conformen una base constituyente y democrática. En este estado poco representativo y con esta clase política viciada, la solución a los problemas de nuestro país no yace en la vía oficial, sino fuera de ella. Y si bien la idea del plebiscito vinculante sonó fuerte en un momento, es casi como si el señor Larraín hubiera convencido a los estudiantes de que un plebiscito no es democrático, porque en algún momento esa idea desapareció, y fue reemplazada por la mesa de diálogo.

Echando a mano nuestra memoria colectiva, las mesas de diálogo siempre han sido infructuosas, las constituciones chilenas siempre han sido ilegítimas y la clase política siempre ha actuado igual. Es hora de cambiar todo eso, pues incluso si alguien piensa que el problema es sólo la educación, el “modelo político-económico chileno” no es perfectible. No se sostiene con más reformas.

¿Hacia dónde va el movimiento? No lo sé, pero ojalá que tanto las bases como los voceros echen mano a su memoria histórica para entender que los cambios no llegarán por parte del ejecutivo, ni por parte del legislativo ni dentro de las vías “constitucionales”. Vendrán de la mano de una ciudadanía consciente y responsable que los saque del poder y aprenda a gobernar.

Camilo A. García

lunes, 8 de agosto de 2011

El legado innegable del movimiento estudiantil chileno

Eran las 10:30 de la mañana del día 4 de agosto del año 2011 en el Parque Balmaceda, en la comuna de Providencia, entre el metro Salvador y la Plaza Baquedano. Una columna de unos 2500 estudiantes de colegios particulares y particulares subvencionados de las comunas de Ñuñoa y Providencia marchaba hacia el punto de reunión de ese día: la Plaza Italia, unos 800 metros más hacia el poniente. Sin si quiera cortar el tránsito, cruzando la calle con luz verde y con diversas manifestaciones culturales (un grupo de “espartanos por la educación” y una batucada), marchaban a paso firme y alegre hacia lo que se esperaba que fuera otro carnaval por la educación pública. A la altura de Condell un bus de carabineros se detuvo en la calzada y abrió sus puertas: 20 carabineros de las fuerzas especiales, lumas en mano, les bloquearon el paso y pidieron hablar con los dirigentes. No podíamos caminar por el parque, no teníamos derecho a reunirnos y ninguno de los uniformados se identificó cuando un profesor se lo pidió. Yo fui a insistir en lo mismo, sin pensar que el carabinero levantaría el garrote e intentaría golpearme en la cabeza. Los carabineros comenzaron a perseguir estudiantes y de la nada apareció el carro lanza-agua a disolvernos, sin si quiera haber dado un paso al frente.

A las 10:45 de la mañana habían 5 detenidos de esa columna de colegios de clase media alta. Sin embargo, nadie cedió y el grupo que parecía disuelto se trasladó al Metro Salvador, donde les cerraron las puertas y carabineros los persiguieron amablemente por el Puente del Arzobispo hasta las afueras de la clínica Santa María. El enorme grupo de estudiantes ya había sido reducido a unos 500, que también fueron dispersados con gases lacrimógenos que efectivos de carabineros arrojaron por todo el rededor de la clínica. Después de un rato se cortó el tránsito en calle Bellavista y pudimos marchar por ahí. En pio nono se nos indicó que podíamos ir a la alameda, pero era una trampa, porque el “guanaco” nos estaba esperando en el puente, listo para mojar a todo el que se le cruce en su camino. Fuimos disueltos, pero volvimos a marchar unas cuadras antes por Bellavista. El olor a gas lacrimógeno era insoportable.

Desparecí en la casa de una amiga de la familia que vivía cerca y que me ofreció asilo en su casa. En las noticias contaban del estado de sitio en el que se encontraba Santiago, repitiéndose los incidentes que iniciaron carabineros con nosotros en casi todas las vías de acceso a Plaza Italia. Me armé de valor y salí a la calle, encontrándome con una batalla entre manifestantes que insistían en marchar (sin lanzar nada a carabineros) y la policía que lanzaba tantas bombas lacrimógenas como tenía a su alcance. Escapé por el sector de los canales de televisión, la calle Inés Matte Urrejola. En ella había un fuerte olor a gas pimienta. A la altura de TVN carabineros perseguía en moto a un grupo de estudiantes que no ofrecían ningún tipo de resistencia. Finalmente subí el cerro san Cristóbal y salí por Pedro de Valdivia, en donde sí me dejaron tomar el metro.

Esa misma noche los vecinos de Santiago harían barricadas por casi todas las intersecciones importantes, se organizarían asambleas ciudadanas y comenzaría la arremetida del pueblo contra la represión. Los más viejos comparaban la brutalidad policiaca con los tiempos de la dictadura y los más jóvenes peleaban entre la rabia y el desconsuelo. En Ñuñoa, el mismo colegio reprimido, sería uno de los que encabezaría los cacerolazos que tienen en jaque a las fuerzas especiales por cuarto día consecutivo. En la Villa Primavera de Puente Alto, un grupo de vecinos saldría a protestar con sus ollas de forma espontánea. Las barricadas se han repetido, las manifestaciones espontáneas también, incluso en Plaza Italia. El gobierno habla del derecho al orden público (por sobre el derecho al libre tránsito o a la libre reunión), los medios acusan intransigencia y los chilenos, o al menos una parte de ellos, va tomando conciencia de la fuerza y la importancia que puede tener la organización.

El legado innegable del movimiento estudiantil es una lección de democracia, un aprendizaje de valentía y de ciudadanía del que he sido testigo. Sin duda algo que podré contar a mis nietos con orgullo. Los estudiantes lucharemos hasta la victoria, ahora con más fuerza que nunca. Plebiscito, abdicación, reforma o asamblea constituyente, no importa la forma, pero lucharemos hasta el final, porque hemos aprendido de una vez que este país es nuestro, no de ellos.

jueves, 21 de julio de 2011

Decidido: Chile quiere matrimonio de calidad, Patagonia igualitaria y educación sin represas.

Adelantar las vacaciones de invierno es forma evidente de desgastar al movimiento estudiantil ¿de qué otra manera puede defenderse un gobierno que no tiene ni pies ni cabeza? No creo realmente que a Piñera y su séquito les importe demasiado la popularidad que tengan, ni si quiera creo que les importa hacer las cosas medianamente bien: la regla general del mercado es ganancia a cualquier costo. El movimiento estudiantil representa una seria amenaza para los intereses de los políticos (tanto de la concertación como de la coalición por el cambio) que tienen capital invertido en colegios y universidades, por tanto debilitarlo se convierte en el objetivo número 1. Fuera de defender los intereses personales, nadie tiene ninguna otra intención: no hay valores detrás del gobierno, sólo una ideología fría y seca que nos viene acompañando desde las reformas de Pinochet, cimentada por los 20 años de Concertación y rematada (a modo de “golpe final”) por la Derecha. El bien común quedó atrás hace muchos años.

Entonces cómo podemos constituir un gobierno, tanto en el congreso, como en el ejecutivo, hecho de gente tan fría y seca como el neoliberalismo ¿Cómo puede la ciudadanía aceptar una izquierda agonizante, un centro tan centrado que se hunde y una derecha tan cruel que da miedo? La respuesta es sencilla: estamos tan fríos y secos como quienes nos gobiernan. Tampoco el bien común prima en las vidas de los votantes chilenos: los viejos son demasiado conservadores, los adultos se han convertido en derrotistas y los jóvenes nacen apáticos. Por eso también es muy importante para quienes gobiernan que el movimiento estudiantil no tenga éxito: es la prueba de que no todo está perdido. Si hay un lugar en donde el bienestar personal desaparece y deja paso al bien común, a esa cabeza, ese ideal que mueve a las masas y las llama a hacer justicia, es en el movimiento estudiantil (del cual es redundante hacer alguna diferencia entre secundario y universitario).

Somos minoría en la sociedad, lo sé. Como estudiantes movilizados somos una minoría dentro de 17 millones de chilenos; como homosexuales, bisexuales, lesbianas y transexuales también somos una minoría; como ecologistas que entendemos que la protección de la madre tierra es la única opción para el desarrollo de la sociedad, también somos minoría. En Chile las voces de cambio son pocas, pero a pesar de ello se masifican rápidamente y van ganando terreno: hace 5 años sólo el 36% de la población aprobaba el matrimonio y la adopción homosexual, y hoy ya es el 48%; hace 5 años el movimiento estudiantil quería botar una ley, y hoy quiere reconstruir el estado; hace 5 años un gobierno se propuso aprobar decenas de termoeléctricas, y si entonces nadie hizo nada, ahora detuvimos punta de choros y estamos a punto de echar abajo hidroaysén. Los movimientos sociales crecen y están convirtiéndose en un problema: Si el movimiento estudiantil gana aunque sea una batalla, sentará un precedente demasiado peligroso para políticos y empresarios de toda clase.

Aun así ¿qué hacer con el resto? ¿Qué hacer con los 15 millones de chilenos que aún no salen a las calles? ¿Con la aún enorme masa de gente que cree que ser homosexual es comparable con ser pedófilo o que lo considera la peor degradación del ser humano? ¿Qué hacer con aquellos que aún llevan la bandera del progreso a cualquier costo? Pareciera ser que los ideales más preciosos que se hayan levantado en los últimos 5 años no sean suficientes como para cambiar la sociedad, como para orientarla claramente y no permitir que exista esta crisis de representatividad.

¿Qué sociedad queremos? Pocos lo saben y a pocos les interesa. El 60% de Chile cree que el desarrollo económico no lo ha beneficiado, y aun así nadie pide una distribución equitativa de la riqueza. Las familias se desmoronan y mientras más niños abandonados hay, menos queremos que homosexuales sean capaces de adoptar y formar familias sanas. Nuestro país parece estar desorientado y ello en las urnas nos jugará en contra, en la asamblea constituyente nos jugará en contra. No basta el rechazo a un gobierno para derrocarlo, ni reconocer la maldad detrás de un sistema para cambiarlo.

En otra columna dije que la unión de todos los gremios movilizados era la única esperanza de victoria. Ahora me gustaría señalar una cosa: debemos orientar bien a la población respecto de lo que queremos y por qué lo queremos. La masificación de las ideas, sin eslóganes, sólo con la verdad por delante, será decisiva a la hora de decirle a la gente que construya una sociedad más justa. Las minorías unidas debemos avanzar, luchar y por sobre todo, dejar de ser sólo minorías.

Camilo A. García

lunes, 11 de julio de 2011

Algo muy personal

Hablé en frente de 20.000 personas en el acto de la CONFECH el 12 de mayo. En ese entonces yo era vocero de la Federación Metropolitana de Estudiantes Secundarios, de la cual también soy redactor de su estatuto. La FeMES significo para mi proyecto muy personal y su vocería era un honor. Luego de bajarme del escenario mucha gente me miró complacida, me aplaudía y un par de periodistas me interceptaron: un hombre bajo y calvo del diario Las Últimas Noticias y una mujer del diario La tercera. La adrenalina de subirse a ese lugar y dirigirse ante tantas personas me llevó a aceptar que ambos hicieran de mí un “perfil”, que no es otra cosa que preguntarme un montón de cosas personales para convertirme en el “nuevo líder estudiantil 2.0”. Fue una mala decisión. Eventualmente me convertiría en farándula y decidí renunciar al cargo de vocero antes de que ello pasara.

Pero no todo acabó ahí. Una cosa llevó a la otra y me convertí en coordinador, haciéndome conocido en muchos colegios dando charlas y luego como dirigente de la Asamblea de Estudiantes de Colegios Privados. Sin saberlo ya muchas personas conocían mi existencia y tarde o temprano los secretos que nunca me he molestado en ocultar salieron a la luz: un profesor de la UMCE me usó de ejemplo en una clase y mencionó casualmente mi homosexualidad. Un amigo que estaba presente en esa cátedra se alarmó y me llamó para preguntarme si tomaría cartas en el asunto. Y tras mucho pensarlo, dije que no: no quiero saber cómo lo supo, ni quiero desmentirlo. Como dice una canción de Sandra Mihanovich: soy lo que soy.

Desde entonces he estado pensando en mi vida personal ¿estuve en el closet alguna vez? No lo recuerdo ¿quiero formar familia? Sí, me encantaría ¿Estoy en el país correcto, entonces? No lo estoy.

Quiero ser médico. Quiero tener la satisfacción inmediata de hacer un aporte a la gente y a las ciencias, marcar una diferencia entre lo que usualmente se considera un paciente y lo que yo llamo persona. La política, el movimiento secundario, el ecologismo y el movimiento homosexual son añadidos que no me provocan ningún placer, pocas alegrías y demasiados disgustos. No quiero dedicarme a las últimas 3 cosas, pero si no lo hago yo ¿quién? No tengo mi conciencia tranquila viviendo en una sociedad tan injusta, no puedo planear mi futuro en un mundo moribundo y por sobre todo, no puedo dejar que la estupidez se apodere de mi vida y me impida tener la vida que quiero (y estoy decidido a tener).

No puedo ser feliz en un país que me condena por amar. Leí por ahí una columna muy buena sobre los olvidados de siempre, sobre los niños del SENAME. Por mi madre, profesora y fonoaudióloga entre otras cosas, he podido ver muy muy de cerca a esos infantes abandonados a su suerte, que claman cariño e irradian ternura. Es totalmente injusto que se les prive de tener una familia que los quiera sólo por un dogma que sepa quién cuándo se inventó, porque Jesús nunca lo dijo, Dios es un ente abstracto y silencioso, y lo que yo haga con mi ano es cosa mía. No es que diga que todos los gays están genéticamente preparados para adoptar, pero hay de todo al igual que en el mundo heterosexual, y darnos la posibilidad de hacernos cargo de ese déficit de padres responsables no sólo aliviaría la carga del servicio nacional de menores, sino que le daría una vida mejor a muchos niños, niñas, hombres y mujeres.

No puedo trabajar tranquilo, tampoco, en un país en donde aún me pueden despedir impunemente por ser distinto. No existe una ley antidiscriminación, por lo que no puedo ir de la mano con mi pareja por la calle (recuerdo haberlo hecho con un ex, un barbón veinteañero con pinta de metalero. Los carabineros nos amenazaron con llevarnos a la comisaría), no puedo expresar afecto en público y ni hablar de ser figura pública y presentar públicamente también una pareja del mismo sexo.

Seguiré estando en el país equivocado hasta que la discusión sobre el matrimonio homosexual deje de estar centrada en los conflictos patrimoniales y se convierta en un asunto de igualdad ante la ley. El amor que yo profeso (y estoy orgulloso de hacerlo) hacia un hombre no es muy distinto al que le daría a una mujer, y por lo mismo, el matrimonio trasciende a la herencia y se convierte en la aprobación de la nación hacia una unión que no debería causar ninguna extrañeza.

Entre homosexuales, bisexuales y transgéneros tendemos a crear una barrera con el mundo heterosexual, encerrándonos muchas veces en nuestros círculos y nuestros códigos. Por experiencia sé que la terapia de shock es sumamente útil para combatir cualquier tipo de fobias, y entre más pronto entendamos eso, más rápido cambiará la sociedad. No puede haber matrimonio sin ley antidiscriminación, ni una familia puede estar completa hasta poder tener descendencia, es decir, tener adopción igualitaria. Estas tres cosas deben llegar juntas a la sociedad chilena, y nosotros tenemos la misión de hacer ese tratamiento de shock: vivir normalmente, entendiendo que no somos tan distintos ni tan iguales, como tampoco lo son entre heterosexuales, y no temer el besarse en frente de un niño, en frente de una pareja de ancianos o de un grupo de pacos. Debemos aplicarle terapia antifobia a esta sociedad hasta que en las cátedras se deje de mencionar como una curiosidad la homosexualidad del sujeto del que se habla.

sábado, 9 de julio de 2011

La educación: capital para el futuro; el movimiento: un recurso político

La educación ha sido el trending topic (tema más comentado) de las últimas dos semanas en la sociedad chilena. Han sido los estudiantes universitarios y secundarios quienes han tomado los espacios que son legítimamente suyos y desde allí los han rebautizado como bastiones de la educación pública. Las discusiones en asambleas y salas de clase han avanzado hacia diversos puntos: la necesidad de que el estado se haga cargo de la educación, del fin al lucro, la gratuidad de la enseñanza y la democratización de los espacios educativos; pero con el tiempo también dichas discusiones se han topado con dos murallas: la constitución política de la república, incapaz de asegurar los derechos tanto de educación como de libre expresión de los chilenos; y la alianza prensa-gobierno que se ha replegado tras la miopía y ha dicho no ver una crisis en la educación chilena. Ante estas murallas no ha habido otra salida más que reformular la estrategia de batalla: el objetivo ya no es un proyecto de ley, sino una asamblea constituyente, y la coyuntura mediática ha sido reemplazada por un extenso trabajo a nivel comunitario en la que se ha intentado incluir a la ciudadanía dormida en el debate sobre la enseñanza.

Sin embargo, la articulación con otros entes sociales (o entre los mismos estudiantes) ha sido difícil, por no decir imposible. El cambio constitucional requiere una ciudadanía altamente informada, politizada y organizada que tenga muy claro sus ideales, condiciones que no se cumplen de ningún modo. Así como también el trabajo comunitario necesita un cambio en la forma de expresarse, un debate interno extenso y concienzudo y un esfuerzo más que gigante para coordinar todas las fuerzas del movimiento estudiantil hacia el trabajo persona por persona, puerta por puerta, mano a mano y voz a voz. El movimiento estudiantil en las condiciones en las que está ahora es incapaz de generar un movimiento ciudadano, pues sus formas de lucha alejan a los adultos más conservadores y dividen a los jóvenes más radicales, así como también las naturales y entendibles desconfianzas lo obligan a cavar una zanja a su alrededor y blindarse contra todo tipo de influencia externa. Dicha influencia externa es más que necesaria en estos momentos: las ideas deben ser enriquecidas por la experticia de académicos que están dispuestos a entregar su saber en pos del progreso, como también es imprescindible ampliar las redes para actuar como un bloque estudiantil y posteriormente nacional, que permita asestar un golpe definitorio al sistema criticado. Esta red debe estar compuesta por todos los descontentos: así como en España existen Los Indignados, en Chile no hay más que un grupo de estudiantes enojados, con justa razón, pero sólo enojados. Con esa problemática a cuestas, la información llega desde lejos y mal entendida, más enfocada a dirigir un enojo latente por la evidente crisis educacional que se vive día a día, que por generar una real consciencia.

Así es como un pequeño grupo de dirigentes puede llegar a tener el control de muchas personas, creando y proponiendo con la mejor de las intenciones, pero olvidando que en su proceso creativo, más que sugerir y debatir, dirige y ordena. Esa labor de dirección sería efectiva si tuviese algún objetivo concreto, pero parece ser más un auto-convencimiento del éxito que la planificación de una estrategia de guerra. Por ello la tarea de esos dirigentes, que generan los petitorios y analizan críticamente su realidad, se torna un trabajo de autoagitación, dejando de lado el convencimiento, la motivación y despreciando la posibilidad de que las bases tengan sus propias ideas y análisis.

Los factores antes mencionados se conjugan y permiten sacar conclusiones interesantes: la crisis es evidente y es notada por todos, pero el trabajo de autoagitación convierte la agudeza en fundamentalismo, haciendo que lo que es un movimiento admirablemente democrático rechace dentro de sí mismo las posturas divergentes y tienda a subdividirse ante la más mínima perturbación de un discurso que necesita y debe ser cada vez más radical. Cada segmento ya dividido de estudiantes sigue avanzando hacia el mismo punto que cuando estaban antes todos juntos, pero ahora buscando las diferencias que justifiquen la división.
A pesar de todo lo anterior, el movimiento estudiantil genera un capital político importante: una generación completa influenciada por un proceso, aunque mal dirigido, masivo y benévolo. Quizá sin entender por completo lo que significa la educación pública, los jóvenes la están apoyando y quieren construirla, a ciegas, pero hacerlo. Bien se decía hace 2000 años: más vale entregarle al pueblo las herramientas para gobernarse “mal”, que quitárselas y verlos explotar. Nada más democrático que 100.000 estudiantes sintiéndose ciudadanos en las calles, exigiendo el reconocimiento oficial de dicha condición.

A futuro muchos de estos estudiantes probablemente olviden lo que se les dijo en su momento sobre la educación y pasen a engrosar las filas de los derrotistas adultos que, aunque nostálgicos, prefieren seguir su camino lejos de sus ideales originales, acomodándose finalmente en el sistema que otrora criticaban. Cualquier persona que se precie de tener un mínimo de visión sabrá que esos ideales estarán de cualquier forma en esa masa resignada. Así como el movimiento estudiantil necesita una transformación del sistema político (a través del cambio constitucional), necesita también (pero no es consciente de esta segunda necesidad) perpetuarse en el tiempo ocupando el nuevo sistema político. Si se cambia la constitución pero se deja su ejecución en manos de los mismos que estaban antes del cambio, ningún objetivo se logrará. Es inmensamente importante que el movimiento estudiantil se alce como un referente político real, como una alternativa política visible que sepulte de una vez por todas a quienes negociaron la dictadura y le pusieron nombre de democracia, ellos, tanto los de la Concertación como los de la Coalición por el cambio son los culpables más directos de esta situación por no haber cambiado las cosas en su momento. Y por supuesto que la tarea de creación de ese movimiento político debe ser tan grande como la de la creación de un bloque ciudadano por la constitución de una asamblea constituyente: las dos necesidades del movimiento (el cambio en el sistema político y la generación de una alternativa política representativa, transparente y radical) sólo pueden ser cubiertas con la unión de todos los secundarios y de todos los “indignados” chilenos.
Quien no se suba al carro de los movimientos sociales en este momento, sea quien sea, lo lamentará en el futuro: una sociedad descontenta y oprimida es inevitablemente una sociedad inestable. La mala educación y la mano de obra mal calificada son una condena para el futuro, así como seguir invirtiendo en un sistema obsoleto y disfuncional a la larga generará pérdidas, pues la inefectividad del sistema hará que la educación no cumpla su función de generar inteligencia y resolver problemas clave de la sociedad. El desarrollo del país necesita la creación de industrias que generen productos con alto valor agregado y la creación de políticas económicas que protejan el mercado chileno fuera de sus fronteras, y sin una buena educación y un balance en la cantidad de técnicos y profesionales, ello no ocurrirá. Se plantea a la educación como una herramienta de movilidad social, pero es en realidad una herramienta de estabilización y crecimiento social: la investigación en las universidades da un aporte intelectual al país que trabaja; el trabajo exhaustivo con las comunidades escolares disminuye la delincuencia y la violencia; un hombre mejor educado es un hombre que sabrá resolver sus problemas; una sociedad consciente es una sociedad activa y saludable. La educación no debe tener por objetivo que todos lleguen a la universidad, sino que debe hacer que cada ser humano se desarrolle en lo que le gusta y desde ahí mejorar las condiciones de vida de todos.

Apostar por la educación pública, inclusiva y de calidad es apostar por un país socialmente sustentable y desarrollado. Apostar por la educación pública necesita la unidad de la comunidad educativa de todo el país, y su articulación con toda la ciudanía. Sin unidad, no hay cambio; sin cambio, no hay futuro.