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lunes, 15 de julio de 2013

A mí nadie me enseñó a ser pasivo


Para los que anden perdidos, ser pasivo es ser penetrado analmente durante el sexo entre hombres. Usualmente cuando alguien dice ser homosexual, gay o bisexual, el impacto que genera la noticia es producto de que se nos ha acostumbrado a imaginar inmediatamente al individuo teniendo sexo. Humoristas como Tony Esbelt, varios sketch del Club de la Comedia y otros de su clase presentan una imagen tristemente popularizada del homosexual hipersexuado, que sólo puede pensar en ser penetrado o en conseguir la mayor cantidad de penes posibles, y que ha renunciado al género masculino. Es por esto que en el imaginario de muchas personas el homosexual es una persona que tiene inevitablemente una dicotomía “hombre-mujer” dentro de su existencia, alguien que es sinónimo de sexo y cuya vida amorosa o aspecto emocional se ve completamente opacado por el ejercicio de su sexualidad. 

La imagen del hombre penetrado es violenta: muchos la encuentran asquerosa, supone un hombre que renuncia a su masculinidad para ser accedido como una mujer. Algunos lo hacen siempre, dejan de usar su pene y sienten el placer por el ano-próstata-recto; otros, como yo, lo hacemos ocasionalmente, alternando entre el rol activo y pasivo. Como sea, dentro del mismo mundo homosexual hay bromas en torno al que ejerce el rol pasivo en la relación, y para muchas personas, el penetrador es “más hombre” que el penetrado. Los roles de género se trastocan, pero cuando me penetran yo sigo siendo hombre, sigo teniendo pene ¿Qué nos ha llevado a pensar que un mecanismo de placer que se encuentra naturalmente en los hombres, no debe ser usado, o que es una afrenta al sexo masculino? ¿Qué nos causa tanto horror?

La verdad es que es la mala educación. Todos tenemos ano, todos los hombres tenemos próstata, por tanto todos podemos disfrutar, de una u otra forma, del sexo anal (por razones de espacio no me referiré en esta columna a las mujeres, pero les dedicaré su columna en otro momento). Hoy en Chile la educación sexual es inexistente, el Estado reniega de su deber de educar en el uso y cuidado del cuerpo, por tanto a nadie se le dice que según el Informe Kinsey, el estudio sobre la sexualidad masculina más grande y acabado jamás hecho, muchos más hombres de los que pensamos, pueden verse eróticamente atraídos y estimulados por personas de su mismo sexo, o que el juego anal puede ser parte de rituales sexuales perfectamente heterosexuales. De hecho, todo lo que sabemos sobre sexo no-reproductivo, lo sabemos por el porno, por lo que le pasó al a amigo de un amigo, por las bromas de mal gusto de un comediante, o cualquier otro medio informal (y sesgado, por lo demás). Sexo oral, sexo anal, masturbación, frotación, fetiches y un sinfín de prácticas sexuales que existen y se practican, no tienen cabida en la educación formal por valores morales importados desde la fe, sin sustento lógico o práctico. Ni si quiera la penetración vaginal convencional tiene su explicación responsable. 

Los jóvenes no estamos aprendiendo autocuidado, y la imagen que se tiene actualmente del autocuidado es saber usar un condón, anticonceptivos y tener sexo preferentemente con la persona con la que tenemos una relación afectiva ¿Y el sexo fuera del pololeo? ¿Y si andamos calientes? ¿Y si soy homosexual y quiero que me penetren? A mí nadie me enseñó a ser pasivo, nunca supe que tenía que usar un lubricante especial, que tenía que tener cuidados particulares con mi higiene interna y externa, que el condón es primordial por razones que van más allá del VIH, nadie si quiera me dijo que ser pasivo no tiene nada de malo, y cuando quise intentarlo sentía culpa y dolor. La misma culpa y dolor que sienten las niñas calientes que les dicen putas y las denigran porque no callan su sexualidad, el mismo riesgo que corre cualquier adolescente hoy al experimentar con su cuerpo: no saber usarlo bien, tener prejuicios con su propio deseo. Y usar bien el cuerpo no tiene que ver con que hay cosas que deban o no deban hacerse, sino que para vivir una sexualidad plena, debe hacerse todo lo que se quiera de forma responsable, y así hay partes del cuerpo que por su naturaleza hay que tratar de forma distinta, como el ano, que debe estar dilatado, lubricado artificialmente y bien higienizado antes de practicar el sexo a través de él.

Esta falta de educación sexual a consciencia, sin los artificios del pololeo y la moralidad eclesiástica, es lo que genera una alta tasa de contagio de ITS (infecciones de transmisión sexual), lo que genera embarazo adolescente, lo que genera traumas relacionados con el sexo y el deseo, lo que genera el desborde sexual de los jóvenes que buscan como sea un escape para su bullente sexualidad reprimida por el silencio y las malas enseñanzas. Nos urge ahora una educación sexual laica, objetiva, pluralista, inclusiva y de calidad para todos.

miércoles, 26 de junio de 2013

Carta Abierta a Carolina Tohá sobre las tomas de colegios

“Las tomas de colegios no suman a la causa educacional”. (Carolina Tohá, alcaldesa de Santiago)
Señora alcaldesa,
En efecto, doña Carolina, las tomas de colegios no “suman” a la causa educacional.
Las tomas de colegios son una muestra de descontento, de soberanía y una forma de incomodar para obtener un fin. Originalmente, al menos durante el año 2006 y 2008, soñábamos que a través de las tomas podíamos presionar económicamente al sostenedor del colegio para que intercediera por nosotros ante las autoridades. Cortar los recursos de la asistencia mientras aún hay cuentas y salarios que pagar parecía una buena forma de sumar –forzosamente- a los reticentes y acomodados alcaldes y alcaldesas a la lucha por la educación pública. No fue, ni ha sido así hasta ahora.
Sin embargo, en ese espacio sin autoridades, donde nosotros teníamos que organizarnos para poder subsistir, administrar el ingreso y salida de recursos, racionar los alimentos, cocinar y limpiar, distribuir labores igualmente importantes como lo son la vigilancia contra ladrones y desalojos, el aseo y orden diario de las salas, la posibilidad de realizar actos culturales donde y cuando queramos, y el desenfreno hormonal y sexual nos dieron un sentido de comunidad que nunca ningún sistema educativo iba a poder darnos. Con eso nació también la idea de autoformarnos. No teníamos profesores ni asignaturas, pero podíamos elegir qué, cuándo y cómo aprender, así que empezamos a organizarnos para hacer desde preuniversitarios hasta clases de educación sexual. Todo lo que teníamos y queríamos tener en la escuela intentábamos tenerlo (precariamente) a través de la toma, y a veces funcionaba. Siempre, cada día, aprendíamos, reíamos, vivíamos y sufríamos la Toma.
Por supuesto, también está lo malo. La toma es un espacio violento, no toma consensos ni transa en nada. La toma es precisamente eso, la toma total del espacio y el poder en un recinto, la transformación de los ordenados en ordenadores y la formación de una burbuja anárquica (y no por ello desorganizada) dentro del inmueble. Es romper con la autoridad establecida y con la voluntad de, a veces, muchos otros que quieren seguir estudiando el currículum, que no les interesa la causa y que se sienten incómodos, o les da flojera participar en ese espacio. La toma significa arriesgar el mobiliario de los establecimientos, muchas veces roto y maltratado, significa que se rompen vidrios, que a veces se roban cosas, que se genera tensión entre los profesores y apoderados (usualmente reaccionarios) y los estudiantes, y que la dirección, sea cual sea, tiene que mantener una postura alejada, de reproche, y casi siempre de castigo frente a la toma. Este lado oscuro nos problematizaba, nos planteaba continuamente la necesidad de justificar la toma: es una lucha nacional, es por la educación de todos, es un espacio liberado, es necesario. Fueron muchas las consignas que usamos, y también sabíamos que muchos votaban por la toma para poder dejar de ir a clases, y luego confiaban en sus padres y en el sistema para volver a ir a clases, para que otros lucharan contra sus compañeros por ello. Después de la toma todo era distinto. La transgresión era demasiado fuerte, se generaban enemistades entre estamentos y a veces entre los estudiantes. El balance de la autoridad era siempre macabramente negativo y las consecuencias psicológicas y reglamentarias también.
¿Qué es entonces la toma? Para mí es un espacio roto, es las normas de un lugar absolutamente desechadas y reconstruidas nuevamente por la fuerza, y con una lógica distinta. La toma es la excusa de la flojera de algunos, pero también es la liberación de otros (quizás menos, pero unos válidos otros) que tienen ansias de construir, y que dentro de la toma construyen. La toma nos enseña a mirarnos a las caras y a dividirnos las tareas porque estamos construyendo algo, es un idealismo puro, reducido a un pequeño grupo de personas que aún sueñan. No estoy diciendo que la toma contribuya objetivamente hablando a la lucha por una mejor educación, pero la toma me enseñó a mí al menos muchas cosas que hoy son parte de mi discurso y que me han ayudado a crecer como persona y a madurar. La toma no es la forma de plantear un problema, pero llama la atención; la toma no es la forma de resolver un conflicto, pero a veces es la única forma de deliberar libremente, de construir libremente, de generar alternativas a la realidad que tienen los estudiantes; la toma no es un espacio de todos, pero es la única forma que queda en la que los estudiantes pueden sentir que tienen real control sobre sus vidas, sobre su espacio de educación; la toma no es familiar, pero algunos estudiantes necesitan alejarse de sus familias y encontrar una nueva, breve, efímera, en sus congéneres; la toma no es “democrática”, pero a través de ella yo aprendí lo importante que es la democracia en una sociedad de pares.
Es cierto, alcaldesa, las tomas no “suman” a la causa educacional; suman a la educación cívica, social, cultural y académica de los estudiantes, y son una de las últimas muestras de soberanía estudiantil que queda, y espero que las comprenda.
Gracias por tomarse la molestia de leer esta carta.
Atentamente,
Camilo A. García
Ex estudiante del Liceo de Aplicación

jueves, 18 de octubre de 2012

Poder


¿Acaso el dinero mueve al mundo? ¿Es realmente el dinero lo más importante que hay en nuestra historia, la motivación de guerras, auges y caídas? Yo creo que es el poder. El sencillo acto de hacer que algo o alguien haga B sin necesitar o querer hacerlo, forzar un cambio conductual, personal o colectivo. El poder significa una extensión de la voluntad y del cuerpo para lograr cualquier fin que se proponga, en tanto sea proporcional a la cantidad de poder que se ostente. Porque sí, el poder es cuantitativo, aunque no exista una forma universal de medirlo y expresarlo, el poder se tiene en cantidad.

Y es que a lo largo de la historia hemos intentado representar el poder como algo físico, más allá de los medios concretos para su obtención (violencia y belicismo, emocionalidad y retórica, relaciones sociales, etc.) Hoy por hoy, dinero es la representación concreta del poder. Quien tiene dinero puede comprar muchas cosas, medios para lograr sus fines, puede pagar influencia y fuerza. El Dinero, lejos de ser una representación abstracta de los bienes que existen en un mercado, es la representación concreta del poder, reflejada en esos bienes o riquezas. El afán de dinero es, en el fondo, afán de poder. Se entiende que el dinero es finito, pero el poder no lo es. Por ello la acumulación constante y sonante, la desesperación por las cifras positivas y una acumulación que progrese con el menor uso de ese potencial posible.

Una redistribución de la riqueza, entonces, es, a la vez, consecuencia y resultado de una redistribución de poderes. La misma democracia contemporánea funciona como una expresión del sistema económico, en el que pocas personas influyen a grandes cantidades de personas para que cedan su pequeña cuota de poder y los mantengan en la misma situación en la que están. El sistema económico y el capitalismo financiero hacen lo mismo con los consumidores: cada individuo representa un pequeño monto de capital que se produce mensualmente, y que los bancos aspiran a acaparar para que sus aportes mantengan funcionando a todo el sistema.

La banca se relaciona estrechamente con la política legislativa a través del lobby. El lobby no sería posible sin dinero: los viajes, regalos y depósitos con lo que se intenta seducir (y en el fondo, ejercer poder) a los congresistas. La unión entre el poder del estado y el poder del dinero se hace patente el lobby.

Los dispositivos de dominación son variados: la normalización cultural que impone la televisión y los medios de comunicación masivos y concentrados, que a través del entretenimiento nos hipnotizan para el consumo. El poder se ejerce generando crisis monetaria: crisis de poder, crisis de dinero; ergo: hambre y necesidad, sumisión. El poder se ejerce mediante la formación, a través de la amenaza del castigo para impulsar a los individuos a adquirir costumbres y conocimientos; el uniforme en la escuela y el trabajo como anulación de la identidad personal, la numeración del individuo que mata toda idea, la individualización de la crítica y la colectivización de la culpa para mantener anulada la identidad, baja la moral y alta la sumisión. El orden como imposición, en la sociedad, en la calle y en las familias. La obediencia es guardada por madres y policías, fuerzas coercitivas que defienden por igual un modelo de sociedad, por un lado el proyecto familiar, por otro el proyecto oligárquico de distribución de poder.

Quien no sabe cómo actúa el poder no puede desarmarlo. Por eso el mayor poder que se puede ejercer sobre alguien es quitarle el saber. Saber es poder. Quien no sabe que está siendo coercionado por alguien, no puede rebelarse contra esa manipulación. De ahí la importancia de la mala educación, de la incapacidad de crítica, de la incapacidad de organización, de borrar la memoria y evitar el análisis; evadir desde la niñez completamente el cuestionamiento al poder, definiendo un modelo de crianza que genera autómatas.

Si nuestro fin es la paz, el equilibrio, la felicidad, la sustentabilidad de nuestra especie, no podemos permitir que el poder se concentre. La concentración del poder causa que los caprichos acaben con vidas y con el mundo. Para ello, la retoma del poder debe partir por una retoma del conocimiento, la contestación de discursos y la generación de identidades individuales, voluntades colectivas y la organización por la retoma del dinero para que sea de todos, y en definitiva, nos demos cada uno cuotas de poder.

El fin del poder, es la autonomía. Si en un mundo utópico nuestra voluntad es de hierro, nuestra consciencia infinita y nuestro saber un bien consolidado, el poder deja de tener formas ni razones para ser, pero en tanto sigamos como entes imperfectos, el poder seguirá siendo no sólo algo que existe, sino también algo necesario para el entramado social, las redes que necesitamos crear y mantener para hacer vida en sociedad dependen de relaciones de poder, que hoy por hoy son verticales, pero que se pueden dar en cualquier sentido. 

jueves, 16 de agosto de 2012

La difícil tarea de profundizar el debate secundario


Siempre he sido muy crítico del fundamentalismo en las organizaciones secundarias. La polarización de posturas finalmente limita el debate a cosas básicas, como la inclusión (o no) de partidos políticos, o la desmunicipalización de la enseñanza; cosas en las que se puede tener total consenso o división, sin matices. En esos casos es fácil levantar arengas (como funar las elecciones) para arrear a la mayor cantidad de colegios a cada organización (son ideas atractivas, que suenan radicales) y llamarse consecuente ante ideas básicas, pero el análisis sobre educación se detiene y el discurso público de los voceros pierde base y sentido.

Para hacer cualquier cambio democrático hay que lograr primero un cambio en las conciencias de la ciudadanía. El año pasado se introdujo el movimiento estudiantil con grandes manifestaciones culturales que le gustaron mucho a la gente. Este año la tónica ha sido la represión policial de cualquier manifestación de descontento que, por supuesto, vuelve a los jóvenes más violentos. Estas manifestaciones de violencia son naturales, no son demoniacas ni mucho menos van a partir al país en dos, pero la visión que la opinión pública tiene de ellas es nefasta. Independientemente de si se apoya o no la violencia callejera, un poco de cinismo a la hora de hablar del tema no vendría mal. Responder a ese tipo de cuestionamiento, con propuestas y soluciones concretas en educación, tampoco.

Y es que las demandas actuales del movimiento secundario evidencian el estado de agonía por el que pasa la educación en Chile: Si las tres mayores demandas son reconstrucción, cese de hostigamiento político y desmunicipalización, entonces quiere decir que ni si quiera existen las condiciones básicas para estudiar y debatir (perfecto, eso lo sabíamos todos). Llevar la discusión más allá de lo superficial sería una excelente idea. Claramente cuando tienes un colegio de cartón es difícil pensar en teorías educativas, pero para las asambleas no es tan complicado. Se hizo el 2006 y se puede hacer este 2012.

Hablar de, por ejemplo, ¿cómo deberían aprender los estudiantes? ¿de qué forma tiene que modificarse la relación entre los estudiantes y sus profesores y colegio para que mejore la calidad de la enseñanza? Son preguntas difíciles y que tienen necesariamente un trasfondo ideológico (¿qué rol tiene el profesor? ¿es una autoridad o es un guía? ¿deben ser los colegios inclusivos? ¿cómo se justifica el autoritarismo de los sostenedores en el modelo?) pero necesarias para la evolución del movimiento, y evitar estancarse en discursos “panfleto” como los que he escuchado últimamente, que sólo buscan agitar a una masa de personas que por lo demás ya es consciente de los problemas. Profundizar el debate es, además, empoderarse y dar un paso adelante, decirle al gobierno y la ciudadanía que los secundarios no sólo luchan, sino que tienen la madurez para pensar en soluciones para el mayor problema que hay en este momento: la educación escolar.

Incluso una nueva forma de pensar en la incursión política. La constitución chilena debe ser cambiada, y el proceso constituyente es una necesidad, pero rechazar cualquier intento de participar en política es nefasto. En un sistema político que necesita más jóvenes no se puede tener a las organizaciones de jóvenes llamando traidores a quienes opten por una vía “oficial”; más allá de las aprehensiones que se puedan tener con los partidos políticos, que comparto totalmente, la vía oficial, lejos de ser traición, es una propuesta alternativa para llegar a un mismo objetivo, válida en tanto mantenga sus ideales.

Con un discurso más majadero, que haga énfasis constante en los errores del gobierno, la perversidad del actuar de las FFEE en las movilizaciones, los montajes y la relación evidente que hay entre los políticos y el negocio de la educación se puede neutralizar la campaña de desprestigio del gobierno, e incluso contrarrestarla. Un debate sobre educación que crezca en complejidad y en propuestas, que bien puede ser ayudado por académicos que apoyan al movimiento; y mayor tolerancia hacia los proyectos distintos que puedan emerger del movimiento social, el movimiento estudiantil puede convertirse en un movimiento ciudadano, político e ideológico que logre cambiar la educación y la democracia en Chile.

Camilo A. García

viernes, 7 de octubre de 2011

¿hacia dónde va el movimiento estudiantil?

Desde que dejé la vocería de la coordinadora metropolitana y me retiré de las cúpulas del movimiento he estado dando charlas en colegios, algunos no movilizados y otros en toma o paro. No importa el tema de la exposición, siempre la pregunta más recurrente es la misma que yo me he estado haciendo desde mayo ¿hacia dónde ha el movimiento estudiantil? Y lo cierto es que es una pregunta de difícil respuesta.

Gabriel Salazar dice que tenemos condiciones de éxito, pues la memoria colectiva chilena ya tiene suficientes antecedentes para llevar a cabo una revolución propia, acumulando los errores, tragedias y aciertos desde 1965 hasta ahora. Y es cierto, pero el movimiento estudiantil ha sido una seguidilla de sorpresas que hacen difícil una proyección. Por ejemplo, durante las vacaciones de invierno estuve absolutamente seguro de que las tomas no durarían después de agosto, pero los lumazos dados el 4 de agosto fueron realmente una inyección de fuerza al movimiento, que desde entonces vuelve fortalecido después de cada período crítico.

A pesar de tener una masa movilizada relativamente estable, no hay un diálogo directo entre los dirigentes secundarios y sus bases. Cientos de colegios se mantienen autónomos y las organizaciones secundarias no han sabido llegar a ellos, sino todo lo contrario: existe un rechazo a la ACES (principalmente luego de su errático comportamiento este año) y a la COMES (que sienten más ligada al establishment político). En definitiva, esa masa estable movilizada, se mantiene más por la fuerza propia que por una buena gestión de los dirigentes, que más que hacer historia, son las caras visibles de una generación histórica.

Y así como existe esa base fuerte, el gobierno ha mostrado una ineptitud sorprendente, con un abierto doble discurso y un pésimo manejo comunicacional, tal como lo demostraron las amenazas de perder el año escolar, los créditos y las becas. Incluso con ese mal manejo, incluso con el ojo del mundo sobre nosotros y con innumerables ocasiones para aprovechar las debilidades del gobierno, los voceros no han sabido decir, por ejemplo, que en tanto existan declaraciones como las del vocero de gobierno, que desvalorizan y deslegitiman al movimiento, una mesa de diálogo no es válida. No han sabido decir, por ejemplo, que en tanto el presidente defienda el lucro con dientes y uñas, el diálogo no es viable. Por sobre todo, no han sabido decir que en tanto la gran parte de los políticos tengan intereses creados en la educación, ellos no son quienes deben legislar al respecto.

Frente a esta crisis del estado, en la que lo establecido es incapaz de entregar calidad de vida ni asegurar la democracia, lo más lógico sería hacer la reforma FUERA del estado, esperando conducir el movimiento hacia la idea de la asamblea constituyente, movilizando a las fuerzas para que en la deliberación conformen una base constituyente y democrática. En este estado poco representativo y con esta clase política viciada, la solución a los problemas de nuestro país no yace en la vía oficial, sino fuera de ella. Y si bien la idea del plebiscito vinculante sonó fuerte en un momento, es casi como si el señor Larraín hubiera convencido a los estudiantes de que un plebiscito no es democrático, porque en algún momento esa idea desapareció, y fue reemplazada por la mesa de diálogo.

Echando a mano nuestra memoria colectiva, las mesas de diálogo siempre han sido infructuosas, las constituciones chilenas siempre han sido ilegítimas y la clase política siempre ha actuado igual. Es hora de cambiar todo eso, pues incluso si alguien piensa que el problema es sólo la educación, el “modelo político-económico chileno” no es perfectible. No se sostiene con más reformas.

¿Hacia dónde va el movimiento? No lo sé, pero ojalá que tanto las bases como los voceros echen mano a su memoria histórica para entender que los cambios no llegarán por parte del ejecutivo, ni por parte del legislativo ni dentro de las vías “constitucionales”. Vendrán de la mano de una ciudadanía consciente y responsable que los saque del poder y aprenda a gobernar.

Camilo A. García

jueves, 21 de julio de 2011

Decidido: Chile quiere matrimonio de calidad, Patagonia igualitaria y educación sin represas.

Adelantar las vacaciones de invierno es forma evidente de desgastar al movimiento estudiantil ¿de qué otra manera puede defenderse un gobierno que no tiene ni pies ni cabeza? No creo realmente que a Piñera y su séquito les importe demasiado la popularidad que tengan, ni si quiera creo que les importa hacer las cosas medianamente bien: la regla general del mercado es ganancia a cualquier costo. El movimiento estudiantil representa una seria amenaza para los intereses de los políticos (tanto de la concertación como de la coalición por el cambio) que tienen capital invertido en colegios y universidades, por tanto debilitarlo se convierte en el objetivo número 1. Fuera de defender los intereses personales, nadie tiene ninguna otra intención: no hay valores detrás del gobierno, sólo una ideología fría y seca que nos viene acompañando desde las reformas de Pinochet, cimentada por los 20 años de Concertación y rematada (a modo de “golpe final”) por la Derecha. El bien común quedó atrás hace muchos años.

Entonces cómo podemos constituir un gobierno, tanto en el congreso, como en el ejecutivo, hecho de gente tan fría y seca como el neoliberalismo ¿Cómo puede la ciudadanía aceptar una izquierda agonizante, un centro tan centrado que se hunde y una derecha tan cruel que da miedo? La respuesta es sencilla: estamos tan fríos y secos como quienes nos gobiernan. Tampoco el bien común prima en las vidas de los votantes chilenos: los viejos son demasiado conservadores, los adultos se han convertido en derrotistas y los jóvenes nacen apáticos. Por eso también es muy importante para quienes gobiernan que el movimiento estudiantil no tenga éxito: es la prueba de que no todo está perdido. Si hay un lugar en donde el bienestar personal desaparece y deja paso al bien común, a esa cabeza, ese ideal que mueve a las masas y las llama a hacer justicia, es en el movimiento estudiantil (del cual es redundante hacer alguna diferencia entre secundario y universitario).

Somos minoría en la sociedad, lo sé. Como estudiantes movilizados somos una minoría dentro de 17 millones de chilenos; como homosexuales, bisexuales, lesbianas y transexuales también somos una minoría; como ecologistas que entendemos que la protección de la madre tierra es la única opción para el desarrollo de la sociedad, también somos minoría. En Chile las voces de cambio son pocas, pero a pesar de ello se masifican rápidamente y van ganando terreno: hace 5 años sólo el 36% de la población aprobaba el matrimonio y la adopción homosexual, y hoy ya es el 48%; hace 5 años el movimiento estudiantil quería botar una ley, y hoy quiere reconstruir el estado; hace 5 años un gobierno se propuso aprobar decenas de termoeléctricas, y si entonces nadie hizo nada, ahora detuvimos punta de choros y estamos a punto de echar abajo hidroaysén. Los movimientos sociales crecen y están convirtiéndose en un problema: Si el movimiento estudiantil gana aunque sea una batalla, sentará un precedente demasiado peligroso para políticos y empresarios de toda clase.

Aun así ¿qué hacer con el resto? ¿Qué hacer con los 15 millones de chilenos que aún no salen a las calles? ¿Con la aún enorme masa de gente que cree que ser homosexual es comparable con ser pedófilo o que lo considera la peor degradación del ser humano? ¿Qué hacer con aquellos que aún llevan la bandera del progreso a cualquier costo? Pareciera ser que los ideales más preciosos que se hayan levantado en los últimos 5 años no sean suficientes como para cambiar la sociedad, como para orientarla claramente y no permitir que exista esta crisis de representatividad.

¿Qué sociedad queremos? Pocos lo saben y a pocos les interesa. El 60% de Chile cree que el desarrollo económico no lo ha beneficiado, y aun así nadie pide una distribución equitativa de la riqueza. Las familias se desmoronan y mientras más niños abandonados hay, menos queremos que homosexuales sean capaces de adoptar y formar familias sanas. Nuestro país parece estar desorientado y ello en las urnas nos jugará en contra, en la asamblea constituyente nos jugará en contra. No basta el rechazo a un gobierno para derrocarlo, ni reconocer la maldad detrás de un sistema para cambiarlo.

En otra columna dije que la unión de todos los gremios movilizados era la única esperanza de victoria. Ahora me gustaría señalar una cosa: debemos orientar bien a la población respecto de lo que queremos y por qué lo queremos. La masificación de las ideas, sin eslóganes, sólo con la verdad por delante, será decisiva a la hora de decirle a la gente que construya una sociedad más justa. Las minorías unidas debemos avanzar, luchar y por sobre todo, dejar de ser sólo minorías.

Camilo A. García