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sábado, 15 de septiembre de 2012

#YoNoPrestoElVoto, o por qué la desconfianza en la política impide mejorar la política

Hace no muchos días me enteré de la campaña que están emprendiendo varios grupos de estudiantes secundarios y universitarios de “funar” las elecciones a través de la iniciativa #YoNoPrestoElVoto, que hace un llamado a no votar por quienes, por años, nos han traicionado usando sus cargos para fines personales. También es, tácitamente, un llamado a no votar.

Comparto plenamente la idea de que los políticos se han convertido prácticamente en una casta dentro de nuestro país, y que al momento de enfrentarse a las elecciones no hay realmente ninguna capacidad de elegir alternativas políticas. Se vota por un apellido, por una sonrisa, por el candidato que sale al lado de Bachelet, Golborne o Allamand. El sistema binominal y los partidos políticos tradicionales (todos entre el Partido Comunista y la UDI) nos han acostumbrado que no importe por quién se vote “seguiremos igual”. Comparto esa opinión.

En mi comuna por lo menos, Santiago Centro, no importa si voto por Zalaquett o por Tohá. Quizás Zalaquett encarna algunas de las peores cosas que puede encontrar uno en militantes de la UDI. Pero sea como sea, Tohá es de la misma concertación que no apoyó a los estudiantes en la revolución pingüina del 2006 y tanto ella como el abanderado de la derecha van a seguir dando concesiones a cafés para que funcionen como prostíbulos encubiertos, seguirán permitiendo la destrucción del patrimonio arquitectónico e histórico de la comuna para la construcción de edificios de departamentos y no ofrecen soluciones concretas a los problemas de seguridad, infraestructura vial ni creación y cuidado de áreas verdes que necesita la comuna.
Sólo en el último año algunas voces dentro de la concertación han levantado propuestas radicales como la asamblea constituyente (Algunos miembros del partido radical), pero también otros han repudiado esas iniciativas escudándose en lo cómoda que están los políticos en Chile (Escalona y su discurso que no vale la pena comentar). Si algo han hecho Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet ha sido consolidar el modelo neoliberal en nuestro país, y lo han defendido con dientes y uñas. No son oposición. Pueden diferir de los valores morales del Opus Dei y los Legionarios de Cristo, pero no son distintos en absoluto a la UDI y RN en todo lo demás. Y el hecho de que con tanto empeño el Partido Comunista busque entrar en la Concertación, y que sus diputados tengan tan bajo perfil en el congreso es también señal inequívoca de que pertenece, o quiere pertenecer a nuestra “casta política”.

Por eso puedo comprender, y hasta incluso compartir la campaña de #YoNoPrestoElVoto, porque yo tampoco quiero usar mi recién ganado poder de voto para elegir a los mismos de siempre. Pero donde difiero, y donde creo que se manifiesta la inmadurez de la iniciativa, es que en vez de proponer una alternativa, es una funa total ¿qué sucede con candidatos ciudadanos que sí se posicionan como una alternativa como Josefa Errázuriz? ¿qué sucede con los intentos de los jóvenes de incursionar en la política? El sistema necesita cirugía mayor, pero eso no significa que todas las campañas e intentos de entrar en la política sean malos.

Incluso si se vea como una alternativa relativamente sensata el no elegir ninguna alternativa, me preocupa la falta de visión política. El movimiento social no puede triunfar si no ocupa los espacios políticos, y no podemos esperar eternamente la muerte de los partidos políticos tradicionales, ni que quienes están extremadamente cómodos con el modelo vayan a hacer algo por cambiarlo. Para acompañar la funa a estas elecciones debería venir, a lo menos, la idea de construir un nuevo referente, diferente del Partido Comunista y la Concertación, ideado y controlado por quienes están (estamos) hartos de la política convencional.

Por eso, no basta con funar la política tradicional para cambiarla. Dar vuelta la cabeza y dedicarse sólo a la crítica sólo dejará que las cosas sigan su curso sin los jóvenes, que hasta ahora no han sido una fuerza política. En mi caso, #YoNoPrestoElVoto a nadie, pero tampoco quiero desperdiciarlo. 

Camilo A. García

domingo, 8 de abril de 2012

Un país de mierda


Anteriormente ya había dicho que no me gusta vivir en un país que es incapaz de aceptar que soy un ser capaz de amar. Quizá si lo acepte, sólo que no quiere o no le gusta o sencillamente es un país de mierda. Yo mismo me siento un poco parte de esa mierda por usar el caso de Daniel Zamudio como ejemplo, por manosear el nombre de ese compañero de “gremio” que fue enterrado con esvásticas grabadas en su cuerpo.



El odio y la intolerancia alcanzaron su punto más alto, no en  Daniel, sino en los descerebrados de sus agresores. Los estúpidos nazis chilenos no son nada más que una parte de nuestra idiosincrasia hecha persona. Hay una carta en la puerta de la posta central sobre “nuestra cultura de la burla”. Nuestra cultura promueve muchos tipos de odio y no nos damos cuenta, o no nos interesa, o nos interesa sólo cuando muere alguien. Es una situación incómoda y hay que sacar un discurso progresista para salir de ella. Si hasta Zalaquett ahora apoya a los homosexuales después de todas las redadas que han hecho los nazis en el Parque San Borja o en el Parque Forestal y de las que el municipio ha sido testigo y cómplice.

El humor sobre los homosexuales es siempre una exageración de nuestra sexualidad, el término “maricón”, por mucho que el SERNAM quiera volverlo sinónimo de agresión a la mujer, significa “poco hombre”, y en el fondo, “homosexual”. Es un termino despectivo difundido  cuando, hace no tan poco, ser homosexual era un crimen. Así como desde pequeños sabemos que “maricón” es algo malo, también sabemos que tenemos que ser “bien hombrecitos para nuestras cosas” porque las mujeres son demasiado mujeres para el honor. Y crecemos con la idea de la unidad nacional y el orden público como objetos últimos de la política.

Somos mucho más fascistas de lo que creemos ser. No nos permitimos la discrepancia, ni la protesta. No permitimos que nuestros niños respondan a nuestros retos. No podemos protestar, ni agarrarnos a trompas con el carabinero que nos agarra a palos. Pedimos sumisión y llamamos al odio. Llamamos al odio Llamamos al odio Llamamos al odio. Quiero repetirlo hasta quedar disfonico. En un país que odia los nazis son sólo una consecuencia lógica. Me da igual si se dicen “neonazis”, “nacional socialistas” (NAZI, en alemán), “nacionalistas” o miembros del Frente Orden Nacional. Como sea son enfermos vástagos de una sociedad que los parió para ignorarlos y culparlos de sus vergüenzas. Y están creciendo en número.




Estoy hastiado con toda esta hipocresía de país correctito que le achaca la pobreza a la flojera para poder quitarse responsabilidad. Cuando tapamos nuestra intolerancia con mandatos morales como “la familia”; cuando hablamos de la santidad de la vida desde la concepción y nos olvidamos de los vivos una vez que nacen.

Por respeto a Daniel Zamudio lo voy a dejar en paz, y voy a hablar y cargar con los verdaderos culpables, que somos todos nosotros. 

jueves, 21 de julio de 2011

Decidido: Chile quiere matrimonio de calidad, Patagonia igualitaria y educación sin represas.

Adelantar las vacaciones de invierno es forma evidente de desgastar al movimiento estudiantil ¿de qué otra manera puede defenderse un gobierno que no tiene ni pies ni cabeza? No creo realmente que a Piñera y su séquito les importe demasiado la popularidad que tengan, ni si quiera creo que les importa hacer las cosas medianamente bien: la regla general del mercado es ganancia a cualquier costo. El movimiento estudiantil representa una seria amenaza para los intereses de los políticos (tanto de la concertación como de la coalición por el cambio) que tienen capital invertido en colegios y universidades, por tanto debilitarlo se convierte en el objetivo número 1. Fuera de defender los intereses personales, nadie tiene ninguna otra intención: no hay valores detrás del gobierno, sólo una ideología fría y seca que nos viene acompañando desde las reformas de Pinochet, cimentada por los 20 años de Concertación y rematada (a modo de “golpe final”) por la Derecha. El bien común quedó atrás hace muchos años.

Entonces cómo podemos constituir un gobierno, tanto en el congreso, como en el ejecutivo, hecho de gente tan fría y seca como el neoliberalismo ¿Cómo puede la ciudadanía aceptar una izquierda agonizante, un centro tan centrado que se hunde y una derecha tan cruel que da miedo? La respuesta es sencilla: estamos tan fríos y secos como quienes nos gobiernan. Tampoco el bien común prima en las vidas de los votantes chilenos: los viejos son demasiado conservadores, los adultos se han convertido en derrotistas y los jóvenes nacen apáticos. Por eso también es muy importante para quienes gobiernan que el movimiento estudiantil no tenga éxito: es la prueba de que no todo está perdido. Si hay un lugar en donde el bienestar personal desaparece y deja paso al bien común, a esa cabeza, ese ideal que mueve a las masas y las llama a hacer justicia, es en el movimiento estudiantil (del cual es redundante hacer alguna diferencia entre secundario y universitario).

Somos minoría en la sociedad, lo sé. Como estudiantes movilizados somos una minoría dentro de 17 millones de chilenos; como homosexuales, bisexuales, lesbianas y transexuales también somos una minoría; como ecologistas que entendemos que la protección de la madre tierra es la única opción para el desarrollo de la sociedad, también somos minoría. En Chile las voces de cambio son pocas, pero a pesar de ello se masifican rápidamente y van ganando terreno: hace 5 años sólo el 36% de la población aprobaba el matrimonio y la adopción homosexual, y hoy ya es el 48%; hace 5 años el movimiento estudiantil quería botar una ley, y hoy quiere reconstruir el estado; hace 5 años un gobierno se propuso aprobar decenas de termoeléctricas, y si entonces nadie hizo nada, ahora detuvimos punta de choros y estamos a punto de echar abajo hidroaysén. Los movimientos sociales crecen y están convirtiéndose en un problema: Si el movimiento estudiantil gana aunque sea una batalla, sentará un precedente demasiado peligroso para políticos y empresarios de toda clase.

Aun así ¿qué hacer con el resto? ¿Qué hacer con los 15 millones de chilenos que aún no salen a las calles? ¿Con la aún enorme masa de gente que cree que ser homosexual es comparable con ser pedófilo o que lo considera la peor degradación del ser humano? ¿Qué hacer con aquellos que aún llevan la bandera del progreso a cualquier costo? Pareciera ser que los ideales más preciosos que se hayan levantado en los últimos 5 años no sean suficientes como para cambiar la sociedad, como para orientarla claramente y no permitir que exista esta crisis de representatividad.

¿Qué sociedad queremos? Pocos lo saben y a pocos les interesa. El 60% de Chile cree que el desarrollo económico no lo ha beneficiado, y aun así nadie pide una distribución equitativa de la riqueza. Las familias se desmoronan y mientras más niños abandonados hay, menos queremos que homosexuales sean capaces de adoptar y formar familias sanas. Nuestro país parece estar desorientado y ello en las urnas nos jugará en contra, en la asamblea constituyente nos jugará en contra. No basta el rechazo a un gobierno para derrocarlo, ni reconocer la maldad detrás de un sistema para cambiarlo.

En otra columna dije que la unión de todos los gremios movilizados era la única esperanza de victoria. Ahora me gustaría señalar una cosa: debemos orientar bien a la población respecto de lo que queremos y por qué lo queremos. La masificación de las ideas, sin eslóganes, sólo con la verdad por delante, será decisiva a la hora de decirle a la gente que construya una sociedad más justa. Las minorías unidas debemos avanzar, luchar y por sobre todo, dejar de ser sólo minorías.

Camilo A. García