lunes, 15 de julio de 2013

A mí nadie me enseñó a ser pasivo


Para los que anden perdidos, ser pasivo es ser penetrado analmente durante el sexo entre hombres. Usualmente cuando alguien dice ser homosexual, gay o bisexual, el impacto que genera la noticia es producto de que se nos ha acostumbrado a imaginar inmediatamente al individuo teniendo sexo. Humoristas como Tony Esbelt, varios sketch del Club de la Comedia y otros de su clase presentan una imagen tristemente popularizada del homosexual hipersexuado, que sólo puede pensar en ser penetrado o en conseguir la mayor cantidad de penes posibles, y que ha renunciado al género masculino. Es por esto que en el imaginario de muchas personas el homosexual es una persona que tiene inevitablemente una dicotomía “hombre-mujer” dentro de su existencia, alguien que es sinónimo de sexo y cuya vida amorosa o aspecto emocional se ve completamente opacado por el ejercicio de su sexualidad. 

La imagen del hombre penetrado es violenta: muchos la encuentran asquerosa, supone un hombre que renuncia a su masculinidad para ser accedido como una mujer. Algunos lo hacen siempre, dejan de usar su pene y sienten el placer por el ano-próstata-recto; otros, como yo, lo hacemos ocasionalmente, alternando entre el rol activo y pasivo. Como sea, dentro del mismo mundo homosexual hay bromas en torno al que ejerce el rol pasivo en la relación, y para muchas personas, el penetrador es “más hombre” que el penetrado. Los roles de género se trastocan, pero cuando me penetran yo sigo siendo hombre, sigo teniendo pene ¿Qué nos ha llevado a pensar que un mecanismo de placer que se encuentra naturalmente en los hombres, no debe ser usado, o que es una afrenta al sexo masculino? ¿Qué nos causa tanto horror?

La verdad es que es la mala educación. Todos tenemos ano, todos los hombres tenemos próstata, por tanto todos podemos disfrutar, de una u otra forma, del sexo anal (por razones de espacio no me referiré en esta columna a las mujeres, pero les dedicaré su columna en otro momento). Hoy en Chile la educación sexual es inexistente, el Estado reniega de su deber de educar en el uso y cuidado del cuerpo, por tanto a nadie se le dice que según el Informe Kinsey, el estudio sobre la sexualidad masculina más grande y acabado jamás hecho, muchos más hombres de los que pensamos, pueden verse eróticamente atraídos y estimulados por personas de su mismo sexo, o que el juego anal puede ser parte de rituales sexuales perfectamente heterosexuales. De hecho, todo lo que sabemos sobre sexo no-reproductivo, lo sabemos por el porno, por lo que le pasó al a amigo de un amigo, por las bromas de mal gusto de un comediante, o cualquier otro medio informal (y sesgado, por lo demás). Sexo oral, sexo anal, masturbación, frotación, fetiches y un sinfín de prácticas sexuales que existen y se practican, no tienen cabida en la educación formal por valores morales importados desde la fe, sin sustento lógico o práctico. Ni si quiera la penetración vaginal convencional tiene su explicación responsable. 

Los jóvenes no estamos aprendiendo autocuidado, y la imagen que se tiene actualmente del autocuidado es saber usar un condón, anticonceptivos y tener sexo preferentemente con la persona con la que tenemos una relación afectiva ¿Y el sexo fuera del pololeo? ¿Y si andamos calientes? ¿Y si soy homosexual y quiero que me penetren? A mí nadie me enseñó a ser pasivo, nunca supe que tenía que usar un lubricante especial, que tenía que tener cuidados particulares con mi higiene interna y externa, que el condón es primordial por razones que van más allá del VIH, nadie si quiera me dijo que ser pasivo no tiene nada de malo, y cuando quise intentarlo sentía culpa y dolor. La misma culpa y dolor que sienten las niñas calientes que les dicen putas y las denigran porque no callan su sexualidad, el mismo riesgo que corre cualquier adolescente hoy al experimentar con su cuerpo: no saber usarlo bien, tener prejuicios con su propio deseo. Y usar bien el cuerpo no tiene que ver con que hay cosas que deban o no deban hacerse, sino que para vivir una sexualidad plena, debe hacerse todo lo que se quiera de forma responsable, y así hay partes del cuerpo que por su naturaleza hay que tratar de forma distinta, como el ano, que debe estar dilatado, lubricado artificialmente y bien higienizado antes de practicar el sexo a través de él.

Esta falta de educación sexual a consciencia, sin los artificios del pololeo y la moralidad eclesiástica, es lo que genera una alta tasa de contagio de ITS (infecciones de transmisión sexual), lo que genera embarazo adolescente, lo que genera traumas relacionados con el sexo y el deseo, lo que genera el desborde sexual de los jóvenes que buscan como sea un escape para su bullente sexualidad reprimida por el silencio y las malas enseñanzas. Nos urge ahora una educación sexual laica, objetiva, pluralista, inclusiva y de calidad para todos.

viernes, 12 de julio de 2013

Preparándonos para la guerra moderna

No hace mucho Edward Snowden nos ha regalado su vida y junto con ella, miles de documentos que fue acumulando en su tiempo trabajando para los organismos de inteligencia de EEUU. En ellos se manifiesta que la NSA (Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos) tiene acceso a los datos (nuestros datos) de prácticamente todas las grandes compañías de internet, que hace escuchas telefónicas secretas a todos los clientes de un proveedor de telefonía con millones de usuarios y que ha utilizado leyes secretas y aprobadas en tiempos de la guerra en Irak para vulnerar el derecho a la privacidad e inmiscuirse en las vidas de los ciudadanos, no sólo de EEUU, sino también del mundo. Los gobiernos alrededor del globo han tenido una respuesta, a lo menos, floja, en relación a que los datos de ciudadanos de los 5 continentes están siendo examinados por la potencia norteamericana. Esto demuestra que, o los gobiernos están al tanto, o tienen programas similares (véase a Francia y lo que se reveló de sus programas de espionaje), o la impunidad de Estados Unidos es tan grande que nadie cuestiona que se inmiscuya en los asuntos de ciudadanos que no le corresponden.
Hace mucho tiempo, en el siglo XIX, durante el gobierno de Abraham Lincoln y la guerra de secesión existió una medida similar: todas las comunicaciones telegráficas de EEUU se redirigieron al departamento de seguridad del gobierno y desde allí se orquestó la censura de medios, la detención de personas y se obtuvo información sensible que permitió terminar con la guerra. Eventualmente, el espionaje se hizo innecesario y dejaron de prestarle atención a lo que la gente se telegrafiaba. Hoy, tal como hace más de 100 años, en EEUU arguyen que es la guerra (hoy “contra el terrorismo y el narcotráfico”) lo que los motiva a generar este tipo de programas y que éstos han salvado vidas y evitado incidentes graves. El problema es que la guerra de secesión tuvo victoriosos y tuvo un final ¿Cuándo se acaba la guerra contra el terrorismo? ¿Existe realmente una guerra contra el narcotráfico?
Independientemente del negocio político, económico, social, cultural que significan las drogas para el poder, ambas son guerras inventadas ¿Realmente existen terroristas? No es que los iraquíes, afganos y demás ciudadanos de países musulmanes odien a EEUU sólo porque tienen un mejor nivel de vida, o porque sean “razas” sedientas de sangre. EEUU lleva tiempo interviniendo política y económicamente su territorio, saqueando sus riquezas e instaurando regímenes totalitarios (historia conocida para nosotros en Latinoamérica). No es como para tenerles cariño y esperarlos con té y pan caliente. La guerra contra el terrorismo es funcional a los intereses económicos de EEUU y sus aliados, como también es una excusa para vulnerar derechos dentro de sus propias fronteras, una forma de control político. Por tanto, en este caso, la guerra durará tanto como sea útil obtener petróleo y minerales desde medio oriente, y tanto como les sea útil para justificar el presupuesto y facultades excesivos de las agencias de seguridad; es decir, indefinidamente.
Pero EEUU no es el único que se inventa y hace guerras para mantener su maquinaria de inteligencia funcionando. Chile también lo hace. No tenemos terroristas, pero tenemos delincuentes. La “seguridad ciudadana” viene siendo tema en las elecciones y los noticieros desde hace muchísimo tiempo. La guerra contra la delincuencia es otra guerra sin un enemigo fijo, sin un final visible. Si la delincuencia se derrota eliminando las desigualdades educativas, económicas y sociales que la sustentan, ¿por qué llenarnos de carabineros? ¿Por qué darle tanta ínfula a la PDI? Porque son organismos funcionales al control que El Poder quiere ejercer sobre los ciudadanos.
Hoy no es práctico sacar a los militares a la calle, sus trajes de camuflaje llaman demasiado la atención, pero los gobiernos de la concertación (especialmente Bachelet) y ahora el de Piñera no tuvieron ni tienen problema alguno para enviar a carabineros con armamento de guerra a atormentar a los Mapuches.  En las poblaciones hay carabineros con escopetas y metralletas custodiando ferias libres y esquinas, sin que la tasa de consumo de drogas y delitos violentos haya bajado en proporción al número de efectivos con armamento pesado, porque éstos cumplen una función política: hacer saber que existe un poder fáctico permanente.
Los encapuchados en marchas son otro negociado en términos de seguridad para el gobierno. Hay más de una historia circulando por ahí sobre encapuchados que llegan a las marchas en buses de la policía. Organizaciones de DDHH como los Observadores de Casa Memoria José Domingo Cañas han constatado que las tácticas de carabineros están orientadas a reprimir, marcar, torturar y horrorizar a los manifestantes, no a los encapuchados ¿Cómo si no se puede asustar a una generación que no vivió las calamidades de la dictadura si no es enmascarando la represión como una forma de combatir gente antisocial?

Eso sí, hay que agradecerle a Snowden por mostrar al mundo lo que se hace en EEUU, porque en Chile los archivos de la DINA y la CNI siguen en manos del ejército y la Agencia Nacional de Inteligencia, cuyas prácticas y objetivos también desconocemos. La ciudadanía no se lo cuestiona, y si se llegara a saber algo de las proporciones de lo que existe en EEUU, no duden que se justificará con una “guerra contra algo”. El terrorismo, el narcotráfico, la delincuencia, los encapuchados no son el problema, el problema son las guerras del siglo XXI. 

miércoles, 26 de junio de 2013

Sobre tomas y democracia

Se acercan las primarias y algunos colegios están tomados. Horror. Los valores de la democracia se han perdido y los estudiantes no respetan la institucionalidad republicana. Los medios discuten y le preguntan a cuanta figura pública encuentran asociada a la política sobre si deben desalojarse los colegios. El SERVEL desde las sombras amenaza con enviar a las fuerzas armadas, las históricas “garantes” del sistema estatal. Entonces muchos pensamos en que los estudiantes no son un enemigo y los militares están para combatir enemigos ¿hay un enemigo interno? Otros, muchos otros, dicen que sí, que ya es suficiente, que tienen que irse a clases, que hay que castigarlos y que los militares en los colegios van a abrir paso a la “verdadera” forma de hacer cambios; las elecciones.
Si bien yo pertenezco a un movimiento con mucha vocación de poder (Revolución Democrática), lo primero que tengo que reconocer en el escepticismo de los estudiantes, y lo que le resta peso a las elecciones como argumento para desocupar los colegios, es que el sistema electoral no cambia nada en la práctica. Hasta ahora en los debates televisados hemos visto nula diferenciación entre los candidatos de la alianza, que a su vez no se distancian en nada del actual gobierno; mientras que en la concertación, si bien ahora se llaman a sí mismos “nueva mayoría”, mantienen el discurso y las propuestas (con matices hacia la centro-izquierda con Gómez y hacia la derecha con Velasco) de una vieja minoría que ya estuvo 20 años en el poder, y que frente a los estudiantes se han deslegitimado tras desoír sus demandas y consolidar un modelo que aún hoy son reticentes a cambiar. La elección para esta nueva generación, y particularmente para los estudiantes movilizados, es entre dos grupos que sólo se diferencian en temas valórico-eclesiásticos. Ello le quita validez a las primarias, pues los bandos que participan de ellas no son lo suficientemente heterogéneos como para dar la idea de efectividad del voto, así como también, si miramos a los parlamentarios que muchas veces acompañan a los candidatos de primarias, recordamos también que el binominal mantiene al congreso (y al modelo) igual de estáticos que las primarias.
Cómo se espera entonces que los estudiantes que han nacido bajo el alero de la Concertación y su eterna y superficial batalla con la Alianza, valoren la democracia como aquellos que vivieron la dictadura, si para ellos el sistema democrático no ha mejorado en nada su calidad de vida, sino que ha perpetuado las desigualdades que existen en la sociedad. Actualmente la única manifestación democrática a la que se hace referencia para defender el “modelo democrático chileno” es el plebiscito que acabó con la dictadura, a pesar de que en democracia heredamos sus mecanismos represivos y la estructura de las FFAA y de orden se ha mantenido en las mismas condiciones.
Esto me lleva al segundo punto: ¿Deben ser las Fuerzas Armadas los vigilantes del proceso eleccionario? ¿Si la sociedad civil, o una parte de ella ocupan un espacio destinado a las elecciones, debe enviarse a las FFAA en vez de buscar otro local? A veces uno no se cuestiona ciertas cosas que parecen casi naturales, pero en lo personal creo que el que hayan militares “defendiendo” la democracia me parece un resabio muy duro de un sistema marcial que no quiere irse de nuestro país. El sólo hecho de plantear el desalojo por la vía militar es considerar a los estudiantes movilizados como un enemigo a combatir. En lo personal no creo que Chile tenga enemigos que combatir, ni creo que existan, ni aquí ni en ninguna parte, enemigos internos de un Estado. Obviamente, lo que nuestros militares y carabineros siguen aprendiendo desde EEUU y su base en Concón es todo lo contrario.
Incluso dejando a las FFAA de lado, a los militares vestidos de camuflaje verde que tanto se nos viene a la mente, en este momento, las FFEE de Carabineros son un ente militar de choque entre el Estado y la sociedad civil, son un ejército interno que ha sido usado para maltratar y torturar no sólo a estudiantes, sino también trabajadores y secundarios. Justo por estos días Observadores de DDHH hace una muestra sobre lo que se ha constatado en torturas desde Fuerzas Especiales de Carabineros hacia estudiantes.

Realmente como país tenemos poco y nada que rescatar de nuestra democracia más que su simbolismo. El mismo simbolismo de la democracia que los estudiantes son incapaces de comprender porque se los priva de educación cívica cuando están en la escuela. Un país en donde las instituciones son inamovibles, en donde las elecciones no cambian nada, en donde el Congreso está atado de manos y en donde las instituciones represoras y la lógica de la fuerza armada contra el pueblo sigue imperando en el qué hacer estatal, es imposible pedirle a los estudiantes que desocupen su lugar de estudio, que sienten les pertenece mucho más que un sistema que no les da cabida ni solución a sus problemas.

Carta Abierta a Carolina Tohá sobre las tomas de colegios

“Las tomas de colegios no suman a la causa educacional”. (Carolina Tohá, alcaldesa de Santiago)
Señora alcaldesa,
En efecto, doña Carolina, las tomas de colegios no “suman” a la causa educacional.
Las tomas de colegios son una muestra de descontento, de soberanía y una forma de incomodar para obtener un fin. Originalmente, al menos durante el año 2006 y 2008, soñábamos que a través de las tomas podíamos presionar económicamente al sostenedor del colegio para que intercediera por nosotros ante las autoridades. Cortar los recursos de la asistencia mientras aún hay cuentas y salarios que pagar parecía una buena forma de sumar –forzosamente- a los reticentes y acomodados alcaldes y alcaldesas a la lucha por la educación pública. No fue, ni ha sido así hasta ahora.
Sin embargo, en ese espacio sin autoridades, donde nosotros teníamos que organizarnos para poder subsistir, administrar el ingreso y salida de recursos, racionar los alimentos, cocinar y limpiar, distribuir labores igualmente importantes como lo son la vigilancia contra ladrones y desalojos, el aseo y orden diario de las salas, la posibilidad de realizar actos culturales donde y cuando queramos, y el desenfreno hormonal y sexual nos dieron un sentido de comunidad que nunca ningún sistema educativo iba a poder darnos. Con eso nació también la idea de autoformarnos. No teníamos profesores ni asignaturas, pero podíamos elegir qué, cuándo y cómo aprender, así que empezamos a organizarnos para hacer desde preuniversitarios hasta clases de educación sexual. Todo lo que teníamos y queríamos tener en la escuela intentábamos tenerlo (precariamente) a través de la toma, y a veces funcionaba. Siempre, cada día, aprendíamos, reíamos, vivíamos y sufríamos la Toma.
Por supuesto, también está lo malo. La toma es un espacio violento, no toma consensos ni transa en nada. La toma es precisamente eso, la toma total del espacio y el poder en un recinto, la transformación de los ordenados en ordenadores y la formación de una burbuja anárquica (y no por ello desorganizada) dentro del inmueble. Es romper con la autoridad establecida y con la voluntad de, a veces, muchos otros que quieren seguir estudiando el currículum, que no les interesa la causa y que se sienten incómodos, o les da flojera participar en ese espacio. La toma significa arriesgar el mobiliario de los establecimientos, muchas veces roto y maltratado, significa que se rompen vidrios, que a veces se roban cosas, que se genera tensión entre los profesores y apoderados (usualmente reaccionarios) y los estudiantes, y que la dirección, sea cual sea, tiene que mantener una postura alejada, de reproche, y casi siempre de castigo frente a la toma. Este lado oscuro nos problematizaba, nos planteaba continuamente la necesidad de justificar la toma: es una lucha nacional, es por la educación de todos, es un espacio liberado, es necesario. Fueron muchas las consignas que usamos, y también sabíamos que muchos votaban por la toma para poder dejar de ir a clases, y luego confiaban en sus padres y en el sistema para volver a ir a clases, para que otros lucharan contra sus compañeros por ello. Después de la toma todo era distinto. La transgresión era demasiado fuerte, se generaban enemistades entre estamentos y a veces entre los estudiantes. El balance de la autoridad era siempre macabramente negativo y las consecuencias psicológicas y reglamentarias también.
¿Qué es entonces la toma? Para mí es un espacio roto, es las normas de un lugar absolutamente desechadas y reconstruidas nuevamente por la fuerza, y con una lógica distinta. La toma es la excusa de la flojera de algunos, pero también es la liberación de otros (quizás menos, pero unos válidos otros) que tienen ansias de construir, y que dentro de la toma construyen. La toma nos enseña a mirarnos a las caras y a dividirnos las tareas porque estamos construyendo algo, es un idealismo puro, reducido a un pequeño grupo de personas que aún sueñan. No estoy diciendo que la toma contribuya objetivamente hablando a la lucha por una mejor educación, pero la toma me enseñó a mí al menos muchas cosas que hoy son parte de mi discurso y que me han ayudado a crecer como persona y a madurar. La toma no es la forma de plantear un problema, pero llama la atención; la toma no es la forma de resolver un conflicto, pero a veces es la única forma de deliberar libremente, de construir libremente, de generar alternativas a la realidad que tienen los estudiantes; la toma no es un espacio de todos, pero es la única forma que queda en la que los estudiantes pueden sentir que tienen real control sobre sus vidas, sobre su espacio de educación; la toma no es familiar, pero algunos estudiantes necesitan alejarse de sus familias y encontrar una nueva, breve, efímera, en sus congéneres; la toma no es “democrática”, pero a través de ella yo aprendí lo importante que es la democracia en una sociedad de pares.
Es cierto, alcaldesa, las tomas no “suman” a la causa educacional; suman a la educación cívica, social, cultural y académica de los estudiantes, y son una de las últimas muestras de soberanía estudiantil que queda, y espero que las comprenda.
Gracias por tomarse la molestia de leer esta carta.
Atentamente,
Camilo A. García
Ex estudiante del Liceo de Aplicación

lunes, 13 de mayo de 2013

El camino hacia la igualdad está minado de miedos absurdos


Mi generación se encuentra en un dilema, en un proceso de creciente racionalización de la moral, democratización de los sentimientos y politización de los afectos. Más allá de todo lo fashion que pueda ser apoyar el movimiento gay, más allá de todo el státus que pueda darte dentro de una conversación entre liberales de izquierda, la diversidad sexual lentamente ha impuesto una agenda que se encuentra entre dos caminos: el acomodamiento de “lo gay” a las instituciones, o la adaptación –forzada- de la institucionalidad hacia “lo gay”. Y es que estos caminos llevan a transformaciones sociales diametralmente distintas. Uno supone una homogeinización  de la subcultura ligada a la diversidad sexual (“lo gay”) con los valores familiares tradicionales que el estado promueve e impone a través del aparato legal; mientras que la otra, más cercana a otros movimientos, supone la destrucción – y reformulación – de estos valores y su simplificación, su actualización para poder contemplar, respetar e incluir a la diferencia en la dinámica estatal y social.
En primer lugar, me quiero detener en los tres procesos que mencioné al inicio: se racionaliza lo moral, puesto que la religión tiene una influencia, que si bien es considerable, que decrece inexorablemente. De esta forma, lo bueno y lo malo van en franco camino a regirse sólo por lo que trae beneficio, perjuicio, o es indiferente de acuerdo a indicadores medibles. Este cambio de valores supone dejar atrás muchos prejuicios (todos los prejuicios, todas las opiniones basadas en la “fe” y otras falacias con las que se nos suelen implantar nociones sin sustento) y está recién empezando, pero confío en que en las siguientes décadas podamos pensar la valorización de lo que actuamos de forma más fría y cercana a lo objetivo; Se democratizan los sentimientos, puesto a que hay una aceptación cada vez mayor a pensar (ergo, decir, incorporar al discurso) que todos somos capaces de sentir, y que no hay limitaciones sociales para ello; y se politizan los afectos: la afectividad debe ser utilizada y está siendo cada vez más utilizada en la construcción política de los jóvenes. El mismo discurso del movimiento estudiantil está basado en cierta parte en los afectos, en la consideración del ser subjetivo como víctima y objeto del cuerpo legal, y por tanto, un sujeto desconocido, pero con identidad al que se reconoce como parte referente del qué hacer político.

En segundo lugar, quisiera hablar brevemente del nacimiento de “lo gay”. Nace a partir de la discriminación, y engloba no sólo a hombres que tienen sexo u afectividad con otros hombres, sino que además a lesbianas, transexuales, bisexuales, pansexuales y una infinidad de otras categorizaciones de segunda clase dentro de la sexualidad en la sociedad. La exclusión de la diversidad sexual en la construcción de la cultura popular durante el siglo XX, generó finalmente “lo gay”, una cultura alternativa, una especie de “club de los que sobran” en el que se maneja un lenguaje y un qué hacer distinto, con códigos propios, bizarros a los ojos de los “normales”. El mismo término “gay” es una respuesta a la patologización de la orientación sexual que supone la homosexualidad, que es una definición clínica; gay  significa alegre, y desde este punto de partida se ha construido toda una realidad alternativa en términos de moda, música, cine, estética, sexualidad, afectividad y estilo de vida. Actualmente lo gay se asocia mucho al arribismo, al machismo y a la exclusión interna dentro del movimiento por la diversidad sexual, una supremacía masculina, sin embargo,  en general y este texto en particular, la cultura gay es mucho más que eso.  

¿Por qué preocuparse de la institucionalización de la diversidad sexual? Porque es también una diversidad cultural, una realidad polifórmica y que en este momento intenta ser absorbida por el aparato estatal, que viéndose imposibilitado de castigarla, necesita normarla para controlarla. Henos aquí entonces con las dos alternativas que señalaba al principio: La primera, institucionalizar y acomodar “lo gay” al aparato estatal actual es un camino que se ha trazado para el movimiento de la diversidad sexual desde varios frentes y que tiene un apoyo político apabullante; “somos todos iguales, por ende la legislación debe tomarnos a todos por igual”. Estas instituciones trascienden mucho más allá del Registro Civil (cuyo reconocimiento hacia las diferentes orientaciones e identidades sexuales sigue siendo prioritario en cualquier agenda del movimiento por la diversidad sexual). La institución de La familia es, quizás, la más amenazada por las reivindicaciones de reconocimiento e igualdad, y es ésta institución la clave para definir el futuro valórico y cultural de “lo gay”.

La adopción de una “familia convencional”, Papás, Mamás, Hijos, control, transmisión valórica, roles definidos, relación vertical entre padres e hijos… todas son características actualmente normadas y que le dan seguridad a las generaciones anteriores sobre la perpetuidad de su estilo de vida. Pero es también una familia estática, que impide la evolución de la sociedad ¿Tres padres? ¿Dos madres? ¿Padre soltero? La cantidad de gente que vive sola sin querer formar familia es también grande, y la institución del matrimonio es tremendamente dañina para cuando estas personas construyen proyectos de vida que no pasan por la familia con hijos. Partiendo por la desaprobación social, el hecho de que muchas políticas públicas estén condicionadas o dirigidas a que las parejas procreen y generen hijos, que la única familia aceptada por el momento es la heterosexual  tradicional, siendo las madres solteras motivo de compasión, los padres solteros de suspicacia y cualquier otro modelo familiar es acusado de depravación y tomado con extrema cautela. La familia que se nos propone es una familia que transmite un proyecto social basado en la rigidez y en la organización vertical. Intervenir esta institución es sentar las bases para una nueva forma de convivencia y crianza que no es ni favorable al sistema ni a las consciencias limitadas de quienes defienden el modelo. Así mismo, con cómo van las propuestas de legislación actuales para regular las familias homoparentales, hay una homologación de la familia homoparental con la familia heterosexual tradicional. No se admite cabida, ni si quiera se ha pensado, en padres transexuales, por ejemplo; y por supuesto, se piensa en la familia como un aparato diseñado sólo para generar descendencia, y no comunidad. Las limitaciones del modelo por el que algunos pelean son evidentes y conducen a una perpetuidad en la moral ilógica que nuestra generación va camino a destruir.

El otro camino, es que la legislación se abra a aceptar y promover políticas antidiscriminación para que cualquier tipo de familia encuentre apoyo, cabida y aprobación dentro de la sociedad. Ello implicaría la aparición y masificación de otros modelos de crianza y desarrollo de comunidades con valores más laxos, no por ello menos positivos. Implicaría que “lo gay”, si bien inevitablemente se fundirá con la sociedad, lo hará de forma paulatina, aportando un rupturismo estético y valórico sin precedentes. En este camino, el Estado juega un rol de mediador hacia la aceptación de realidades diversas, más que como un gran homologador y castigador de la diferencia. Evidentemente supone un remesón importante en la forma en la que se constituye la sociedad. Las interacciones varían, la posibilidad de encontrar acogida independientemente de lo que se considere correcto o negativo según los principios sacros, es un avance importante. Sin embargo, esta ruptura con el modelo autoritario de familia implica también una ruptura con el modelo autoritario para relacionarnos, acelerando el proceso de racionalización moral precisamente a través de la democratización de la forma en la que el estado comprende los sentimientos y la afectividad, y el descarte absoluto del fascismo como forma de interacción entre pares. Significa reconocernos como pares, sin importar nuestra situación de nacimiento.

En este panorama estamos, es el gran dilema. Y aunque algunos como Rolando Jiménez aspiren al congreso para conseguir la normativización, para conseguir ser aceptados e incluidos en la idílica familia prometida del sueño americano (secundados, por supuesto, por los partidos tradicionales y buena parte de Fundación Iguales); otros se levantan desde la diferencia exigiendo reconocimiento sin intervención, sin condiciones. El derecho de ser es el más violentado hoy en día en nuestra sociedad y es el que debemos reclamar con más fuerza: El derecho de ser sin condiciones, sin exclusiones, sin letra chica; de poder crear en nuestro espacio personal lo que individualmente queremos, lo que colectivamente soñamos. La normativización del ser es, por supuesto, una amenaza, gatillada porque al ejercer ese derecho se intervienen demasiadas realidades, se inseguriza a demasiada gente, se amenazan los cimientos de demasiadas autoridades. Claramente no es el momento en el que podremos ser y crear sin fronteras, pero sí podemos tomar el camino para llegar allí.
Camilo A. García